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Entre las lecturas que tenía rezagadas y que en estos días de poca actividad he leído se encuentra el libro de Michael Wolf, titulado “Fuego y Furia, en las entrañas de la Casa Blanca de Trump”. La publicación de Editorial Planeta fue traducida al español por Alma Alexandra García Martínez, María Estela Peña Molatore, Mariana Hernández Cruz y María Teresa Solana Olivares. De la lectura subrayé algunos párrafos que me interesa compartir con lectoras y lectores, sobre todo, en un día como hoy donde la molicie y la haraganería generalizadas, nos contagian a los que tenemos la obligación de trabajar.

Cuando Trump fue electo presidente, los multimillonarios estadounidenses, algunos de ellos enemistados con Trump, conocedores de sus limitaciones y carencias, tuvieron que inventarse otro Trump para poder considerarlo su presidente. Rupert Murdoch, director ejecutivo y principal accionista de las compañías Fox News, The Sun y The Times, y de las cadenas de televisión Fox y Sky, que “hasta entonces no tenía dudas de que Trump era un charlatán y un tonto”, le prometió asistir a un convivio “de un pequeño grupo de simpatizantes”, el sábado posterior a los comicios. “Murdoch estaba demorado, muy demorado para la reunión. Trump se la pasó asegurando a sus invitados que Rupert estaba en camino y que pronto llegaría (…) Murdoch que finalmente llegó a la fiesta en la que en más de un sentido había llegado muy tarde, estaba tan deprimido y confundido como los demás y se esforzaba por ajustar la opinión que tenía de un hombre que durante más de una generación había sido, en el mejor de los casos, el príncipe de los payasos entre los ricos y famosos”.

“Murdoch definitivamente no era el único multimillonario que había desdeñado a Trump. En los años previos a la elección, Carl Icahn —con una fortuna de 17,200 millones de dólares según Forbes—, cuya amistad Trump citaba a menudo y a quien Trump le había insinuado que lo nombraría para algún cargo importante, ridiculizó abiertamente a su colega multimillonario (del que dijo que no era, ni remotamente, multimillonario). Pocas personas que conocían a Trump se hacían ilusiones sobre él. Prácticamente ése era su atractivo: él era quien era. Brillo en su ojos y latrocinio en el alma”.

“La comprensión que tenía Trump de su propia naturaleza esencial era todavía más precisa. En una ocasión, cuando regresaba en su avión con un amigo multimillonario que había traído consigo a una modelo extranjera, Trump, tratando de meterse con la cita de su amigo, recomendó hacer una parada en Atlantic City. Le daría un tour por su casino. Su amigo aseguró a la modelo que no había nada que recomendar en Atlantic City. Era un lugar plagado de basura blanca.

-¿Qué es esa basura blanca? —preguntó la modelo.

-Son simplemente personas como yo —dijo Trump— sólo que son pobres”.

“A Trump le gustaba decir que una de las cosas que hacía que la vida valiera la pena era lograr llevar a la cama a las esposas de sus amigos. Cuando andaba tras la esposa de algún amigo solía tratar de persuadirla de que su esposo tal vez no era lo que ella pensaba. Luego le pedía a su secretaria que llamara al amigo a su oficina, una vez que éste contestaba, Trump iniciaba lo que para él eran bromas sexuales más o menos constantes. ¿Todavía te gusta tener sexo con tu esposa? ¿Qué tan seguido lo hacen? Debes de haber tenido un sexo mejor que con tu esposa. Cuéntamelo. A las tres de la tarde van a venir unas chicas procedentes de Los Ángeles. Podemos ir arriba y pasarla muy bien. Te prometo… Mientras tanto, Trump tenía a la esposa de su amigo escuchando por el altavoz”.

Ésta fue una breve semblanza de Donald Trump, finísima persona.