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En el documental “Masacre en Columbine”, del cineasta Michael Moore, célebre porque sus filmes, con precisión, dan en el blanco de la sociedad estadounidense, sugiere que la política intervencionista de EU en otros países y la persistente amenaza de guerra contribuyen a una cultura del miedo que impregna la vida diaria de los norteamericanos. Los gobiernos han utilizado el miedo a las amenazas externas (el comunismo y el terrorismo) para justificar sus acciones y este miedo se filtra en la conciencia colectiva, alimentando la sensación de que el peligro está en todas partes, tanto dentro como fuera de sus fronteras.

Hoy gringas y gringos —dicho sea con cariño para evitar la tautología— sienten el miedo más cercano que nunca. Este lo provoca Donald Trump, timonel de un barco al garete, desorientado por la brújula de su egolatría y los intereses más abyectos. Perra brava que hasta a los de casa muerde.

Debido a una ley que Trump bautizó como “grande y bella” entre 11 y 16 millones de pobres perderán su seguro de salud, además millones de personas con insuficiencia alimentaria no contarán con asistencia para comer, todo a cambio de la reducción de impuestos para los más ricos.

El lingüista, politólogo, filósofo, activista, e intelectual estadounidense, Noam Chomsky, en una entrevista para The New Yorker, calificó a Trump como el peor asesino de la historia. Peor que Stalin y Hitler, ambos eran monstruosos —afirmó— pero no intentaban destruir la vida humana organizada en la Tierra; su charla la remató así: “No sé que palabra en el idioma inglés —no encuentro una— se aplica a personas que están dispuestas a sacrificar la existencia organizada de la vida humana a cambio de poder poner unos cuantos dólares más dentro de sus ya repletos bolsillos. La palabra ‘maldad’ no llega ni cerca”.

Según un análisis de la doctora Brooke Nichols, de la Universidad de Bostón, debido a los recortes a programas de asistencia de salud de la Agencia de Estados Unidos para el Desarrollo Internacional (Usaid, por sus siglas en inglés) en los primeros cuatro meses del gobierno de Trump se perdieron 300,000 vidas en el mundo. En una investigación de expertos en salud publicada por la acreditada revista médica británica The Lancet, se calcula que más de 14 millones de personas podrán morir en los próximos cinco años, debido a las reducciones programadas por la Usaid; en la cifra se incluyen 4 millones y medio de niños.

Como nunca antes la sociedad norteamericana ha repudiado a su gobernante, todos los días se registran protestas en torno a las medidas antidemocráticas e ilegales del gobierno de Trump y sus aliados plutócratas.

El pasado sábado, según información de David Brooks y Jim Cason, miles de manifestantes, convocados por el movimiento ciudadano 50501 (abreviatura de 50 protestas en 50 estados —originalmente— 1 día), participaron en 463 actos con la consigna: “Rage against the regime” (“Rabia contra el régimen”) en poblaciones de California, Oregon, New Hampshire, Colorado, Florida, Oklahoma, Iowa, Wiskonsin, Kansas, Tennesse y Georgia. En las concentraciones se denunciaron las nefastas medidas antimigratorias, los recortes a los programas sociales, las políticas antiambientales, las represiones a disidentes y hasta la complicidad del gobierno estadounidense con el Estado israelí en el genocidio de Gaza.

“Saquen al ICE (la migra) de nuestras comunidades” fue una de las pancartas más repetidas. “Despierten. El gobierno es corrupto”, se podía leer en un cartel en Oklahoma; el Topeka, Kansas, otro con la leyenda: “No reyes, no fascistas, no nazis, no tiranos, no mentirosos, no Trump”. “No al odio. No al temor, los inmigrantes son bienvenidos aquí”, corearon en Denver. Y por todos lados el mensaje más fraternal: “Ningún ser humano es ilegal”.

Punto final

Donald Trump tiene el ego tan grande que cuando hace el amor con su guapa esposa cierra los ojos y se imagina que se está masturbando.