Minuto a Minuto

Nacional Localizan al presidente de la Central de Abastos de Los Mochis, Sinaloa
José Pimentel Moncada, presidente de la Central de Abastos de Los Mochis, Sinaloa, fue localizado vivo el viernes 21 de agosto
Deportes Liga MX: ¿Por qué se retrasó el inicio del Chivas vs Xolos?
Una fuerte lluvia en la zona del Estadio Akron ha impedido el inicio del juego entre Chivas de Guadalajara y Xolos de Tijuana
Nacional Detienen al ‘Abulón’, mando criminal de Colima
Carlos Miguel "N", alias el 'Abulón' y generador de violencia en Colima, fue detenido por fuerzas federales en Oaxaca
Nacional IMSS Coahuila logra dos procuraciones de órganos en un solo día
Especialistas del Hospital General de Zona No. 2 del IMSS, en Coahuila, lograron la procuración de órganos de dos pacientes
Nacional Exdirector de la DEA pide a García Harfuch entregar a Rocha Moya a EE.UU.
Derek Maltz, exdirector interino de la DEA, detalló que Rocha Moya debe rendir cuentas ante la Justicia estadounidense

Donald Trump no gobierna: improvisa. No administra: provoca. No lidera: hace ruido, como un niño con una olla y una cuchara convencido de que está dirigiendo una sinfónica. Su carrera política ya no se mide en logros, sino en escándalos por minuto. Uno de los últimos –decir el último es muy arriesgado, mientras escribo puede cometer dos o tres. En fin, decía yo que uno de sus últimos escándalos es calificado por sus fans, los tiene aunque usted no lo crea, como travesura.

Travesura suena a niño pintando bigotes en una fotografía, no a un presidente difundiendo imágenes racistas de Barack y Michelle Obama como simios; como si los derechos civiles fueran una moda pasajera, como si el racismo fuera una broma entre amigos Cuando estalló la indignación, aún entre republicanos, el pretexto fue que sólo era humor, la gente se ofende por todo y el inquilino principal de ese manicomio llamado la Casa Blanca no se disculpó porque dice que no cometió ningún error.

Las agresiones no encuentran un eufemismo del cual disfrazarse, porque éstas no son simbólicas sino políticas y reales; como la imposición de medidas extraterritoriales para aniquilar, por falta de petróleo, a Cuba. El bloqueo económico –que ya tiene categoría vintage- fue endurecido por Trump quien, al parecer, percibe a la isla como si fuera un viejo televisor soviético al que le da golpes esperando que cambie de canal.

Mientras tanto, en casa, la brutalidad institucional se normaliza. El Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) actúa como si fuera una fuerza enemiga y no una agencia federal. Redadas, armas, muertos, miedo. Trump aplaude, desde lejos, con el entusiasmo de quien cree que el caos es sinónimo de autoridad. “Ley y orden”, repite, aunque el orden sea el silencio de los que ya no pueden protestar. Las calles se llenan de manifestantes y el orate anaranjado responde con su recurso favorito: amenazas grandilocuentes. Invocar leyes, enviar fuerzas, aplastar. No dialogar, no explicar, no escuchar. Gobernar, para él, es demostrar quién grita más fuerte.

Lo peor, existen rumores de que el magnate está preparando anular el sistema electoral y contempla el uso de fuerzas armadas para suprimir la oposición. Lo cual sería el acabose en el país que se ha creído policía del mundo y faro de la democracia.

Pero el núcleo del asunto: son los problemas, más gruesos que una Big Mac doble, que tiene el neoyorquino. Para distraer la atención de los ciudadanos en torno a ellos, Trump necesita ruido. Necesita incendios pequeños para que nadie mire el incendio grande: Los papeles de Epstein, una mancha que no sale ni con el detergente mediático más persuasivo. Documentos, nombres, fotos, vuelos, silencios. Cada vez que el tema asoma, casualmente aparece un nuevo escándalo: un insulto viral, una amenaza internacional, una declaración absurda que monopoliza titulares. Es el viejo truco del ilusionista mediocre: “miren esta mano… no miren la otra”.

Y luego está el tema del que nadie quiere hablar en serio, pero que Trump se encarga de poner, involuntariamente, todos los días sobre la mesa: su salud mental. No se trata de estigmatizar, se trata de observar: Discursos erráticos, frases inconclusas, obsesiones repetitivas, paranoia constante, enemigos imaginarios, contradicciones en la misma oración Cada aparición pública es una ruleta rusa verbal. Nadie sabe qué va a decir, ni siquiera él. Su equipo vive en estado permanente de pánico, traduciendo delirios en comunicados oficiales.

Al final, Trump convierte cada agresión en un espectáculo y cada dificultad en una conspiración ajena. Cuando los problemas llaman a la puerta, el susodicho impone el silencio con gritos, insultos y fuegos artificiales de palabras. No aclara, aturde. No explica, acusa. En su manual, el volumen reemplaza al argumento, la furia al dato, la falacia a la evidencia. La realidad, por supuesto, siempre es culpa de otros: jueces, periodistas, migrantes, y, desde el pasado domingo, de Bad Bunny.