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¡Qué indignados andan muchos políticos mexicanos por lo que consideran una inadmisible intervención del gobierno de los Estados Unidos en los procesos electorales mexicanos!

Los que se pusieron el saco por las declaraciones del poderoso senador republicano John McCain y del secretario de Seguridad Interior, John Kelly, respecto a la inconveniencia para México y Estados Unidos de que gane las elecciones mexicanas un candidato de izquierda y antiestadounidense, han reaccionado coléricos.

Son esos mismos que en las pasadas campañas presidenciales en Estados Unidos se cansaban de subrayar que Donald Trump era un peligro para su país y el mundo. Pero no sólo eso, sino que le daban de palos a una piñata que representaba al entonces candidato presidencial.

En esta primera ocasión no hubo una mención directa a ningún aspirante en concreto. Tampoco hace falta mucho para entender que está claro que no sólo en México hay reservas documentadas sobre el riesgo que implicaría la llegada de Andrés Manuel López Obrador a Los Pinos.

Pero es un hecho que en adelante aumentarán los señalamientos del gobierno estadounidense sobre el proceso interno, en la medida en que los tiempos se acerquen y que haya candidatos. Porque hasta hoy sólo existe un aspirante que lleva casi 20 años en campaña.

Independientemente de los señalamientos desde allá y la indignación desde acá por meterse en los temas que no son suyos, es buen momento para calentar el debate sobre lo que menos conviene a este país en materia de políticas públicas.

El populismo es un riesgo comprobado para cualquier país, sea de derecha o de izquierda, y en estos tiempos se pueden ver sus estragos en diferentes latitudes, sin importar si son países desarrollados o emergentes.

Ayer, a la par que el secretario Kelly reprobaba la posibilidad de un presidente de izquierda para México, el gobernador del Banco de México hacía una referencia mucho más mesurada y bien pensada sobre los peligros de girar hacia políticas populistas.

Sólo que la serenidad de sus palabras no le ganaron un titular por ese tema. Sin embargo, Agustín Carstens dijo claramente que quien gane la presidencia el próximo año no debe caer en la tentación de excederse en el gasto público.

Ni programas de gobierno ni reposición de subsidios que disparen el gasto, porque México no está para eso.

Es una forma muy correcta de advertir los peligros de una política populista sin meterse en los líos de llamar por su nombre a quien puede implementar esas barbaridades económicas.

Puede ser que los dichos estadounidenses en materia de elecciones en México acaben por beneficiar al candidato que indican, porque más allá del peligro real que implica el populismo de izquierda para México es un hecho que si algo está extendido y garantizado es la prevalencia de ese sentimiento anti estadounidense.

Esa sensación de desapego y alejamiento con el vecino del norte es cortesía de su propio populista en casa. Ese sentimiento ahora más extendido es cortesía del decir y el actuar del presidente Donald Trump.