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Las ventajas mediáticas y políticas de ser presidente de un partido son tan grandes que plantean casi por sí solas el esbozo de un nuevo camino al poder:

No a través del gabinete presidencial, como en el tapadismo clásico.

No a través de la anticipación de la propia candidatura, como Fox en los noventas.

No a través de una coalición de gobernadores, como Peña en 2008-2012.

El camino más claro hacia la Presidencia según las reglas vigentes del tapadismo democrático es volverse presidente de un partido y desde ahí, ejerciendo en servicio de la propia imagen las prerrogativas mediáticas del partido, convertirse en una figura conocida nacionalmente y estar en condiciones de ofrecerse al propio partido como la opción más viable, por más conocida y aceptada.

Es la posición de ventaja en que operan hoy los aspirantes presidenciales que son a la vez presidentes de sus partidos.

No creo que ni en las épocas del más exacerbado presidencialismo, en las épocas de oro del tapadismo priista y sus destapes, los aspirantes presidenciales hayan tenido a su disposición tantos recursos sin costo para hacerse una figura nacional como los presidentes de los partidos políticos de hoy.

La persistencia de estas reglas en el mediano y largo plazo podrían volver a los partidos la pieza más codiciada como trampolín a las candidaturas presidenciales.

Los partidos tenderían a volverse partidos de sus presidentes, y estos, si son hábiles, la mejor opción de sus partidos.

Algún riesgo hay en este camino de convertir la partidocracia actual en una especie de caudillopartidocracia: partidos al servicio de su caudillo.

O en un nuevo tipo extravagante de presidencialismo mexicano: el presidencialismo partidocrático.

Abuso de todos estos términos, como del de “tapadismo democrático”, para sugerir la situación absurda en que nos encontramos por haber regimentado tanto la libertad de los políticos para hablar con su sociedad y proponerse para gobernar cuando juzguen oportuno, siempre que no sea a costa del erario.

Pero esta es otra cuestión, quizá la cuestión central no resuelta de la democracia mexicana, o resuelta con catastróficas consecuencias no buscadas: el problema del dinero, del dinero, del dinero.

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