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La idea de venir al Sloppy Joe’s de Cayo Hueso, para recordar a Hemingway en sus 57 años de muerto, fue después de que el marido de una famosa cocinera ganase el premio anual al hombre más parecido del mundo al autor de El viejo y el mar.

El bar está calmo y uno puede imaginar que entra el Dios de Bronce de la Literatura nortemericana, con una guayabera sudada, bermudas y mocasines sin calcetas, después de trabajar en su casa de la esquina.

En su estudio del número 907, en la calle Whitehead, habría dejado apuntada en un cartón, junto a su vieja Royal, su producción diaria de palabras: 450 un día; 575, otro; mil 250, sólo a veces.

Pero, como uno se siente feliz (empadado en sudor y rociado de Bacardí blanco sin el sacrilegio de la Coca Cola), olvida un poco a Hemingway y el Sloppy Joe’s adquiere el color sepia de la nostalgia por las escenas que sucedieron, en un tiempo hermoso en el que uno no estaba.

Entonces, en un rincón, vuelven a estar sentados Truman Capote y Tennessee Williams. El penúltimo trago rompe el vidrio del tiempo que protege el pasado… y una mujer rubia, de pantalones anchos, se acerca con un lápiz de cejas y le pide a Truman que le firme un autógrafo en el ombligo.

Truman sonríe y dice:

—Oh, no. Déjeme tranquilo.

—¿Cómo puedes ser tan cruel, Truman? —pregunta Tennessee, toma el lápiz y pone el nombre de su amigo alrededor del ombligo de la mujer, cuyo marido se pone furioso, le quita el lápiz, va hasta donde está Capote, se abre la portañuela y se saca el pene.

—Ya que está usted firmando autógrafos en todas partes, ¿le importaría  firmarme uno aquí?

Capote palidece. Pero Tennessee arrebata el lápiz al hombre:

—No creo que haya suficiente espacio para que Truman pueda firmar. Pero pondré mis iniciales.

Las personas del Sloppy Joe’s se echan a reir, felices, como las que esta tarde de verano de 2018 lo hacen en este bar de tiempo detenido, al que todos vienen a recordar al mejor escritor de la historia. O al menos a demostrarle su amor. ¿Pero, puede uno demostrar amor a un muerto que no conoció?

Sí. Se debe escoger entre las tres clases de amor que existen: eros, la pasión por lo que nos falta; lía, la alegría por algo que nos provoca gozo; y agapé, la benevolencia ilimitada incluso hacia quien nada puede darnos.

Y uno escoge el agapé: Hemingway nos dejó las mejores normas sobre el arte de escribir: oraciones sencillas y cortas. Primeros párafos vigorozos. Verbos.

Ahí radica el encanto de la vida:

Uno tiene que amar algo.