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Andrés Manuel López Obrador obtuvo 53 por ciento de los votos en julio de 2018. El 47 por ciento de los votantes no sufragó por él. Alguna encuesta hecha por un medio electrónico hace un mes dice que si las elecciones fueran hoy, votaría por él 7 por ciento menos.

No es eso lo que sugieren las cifras de aprobación de 70 y 80 por ciento, alguna de 90, que ha recibido López Obrador en los últimos tiempos.

No solo ha crecido el poder del Presidente, sino también su aprobación. Paradójicamente, durante su errático inicio de gobierno ha crecido el número de ciudadanos que lo aprueban.

Al parecer, más mexicanos que en julio pasado sueñan hoy con altos resultados en esta nueva aventura nacional de un presidente que promete resolverlo todo.

Aprobación no quiere decir incondicionalidad, pero es un hecho que ha crecido la mayoría que cree en el nuevo mandatario o le da el beneficio de la duda. Al punto de que, en medio del mayor desabasto de gasolina que se recuerde, se reporta un alza en las expectativas favorables de los consumidores del país.

No entiendo muy bien esto de que un gobierno errático gane en lugar de perder la confianza de sus ciudadanos. Enigmas de la mayoría.

Entiendo en cambio, y me preocupan, dos cosas que suceden en la minoría.

Primero, la cascada de controversias legales y constitucionales ante decisiones del gobierno que han salido en estos dos meses de la oposición y de los organismos autónomos. Es un aviso sobre la discrecionalidad con que procede el nuevo gobierno ante sus restricciones legales.

Segundo, el temor , la cautela y aun el miedo que genera la falta de límites del nuevo gobierno, y que pueden percibirse con claridad en los inversionistas, en los medios, en las ONG, en los burócratas y en los gobiernos locales.

Discrecionalidad de un gobierno poderoso ante la ley y temor de las minorías al gobierno no son síntomas de salud de una democracia. Más bien de lo contrario.

Mi temor personal lo he dicho ya: que la democracia mexicana se ahogue en la hegemonía que ella misma creó.