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Cuando Andrés Manuel López Obrador advirtió a los banqueros en su convención de Acapulco que si perdía las elecciones a ver quién amarraba al tigre, nunca pensó que serían sus propios operadores de la cuarta transformación los que le estarían aflojando la correa al gatito.

El paso de la arenga pública al terreno de la realidad de tener que prepararse para gobernar ha sido muy difícil para algunos de los que acompañan al presidente electo, que no logran despojarse de sus ropajes de combativos opositores para asumir sus futuras tareas de gobierno.

Un ejemplo nítido de ello es la pifia de María Elena Álvarez-Buylla, quien fuera de toda atribución solicitó suspender las becas que comprometieran el presupuesto del 2019 del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) y que recibió como respuesta una dura lección de sentido común.

Eso queda en la anécdota de una persona que tiene poco conocimiento de la administración pública y que tiene mucho que aprender para realmente hacerse cargo del Conacyt.

Pero no es lo mismo ser inexperto que darle cuerda a grupos incluso violentos, como lo hacen personajes de la talla de Alejandro Encinas, propuesto como futuro subsecretario de Gobernación.

Los macheteros de Atenco, cuyos dirigentes han estado en la cárcel con sentencias penales y cuyos terrenos nada tienen que ver con la construcción del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM), encontraron en Alejandro Encinas y en Javier Jiménez Espriú, de quien todavía dicen que será el próximo secretario de Comunicaciones y Transportes, cajas de resonancia para su agenda.

Para estos aspirantes a funcionarios públicos, escuchar las quejas de estos grupos afines no debe implicar tomar partido. Menos cuando su jefe ha montado un escenario de una consulta pública para decidir algo que compete a los expertos.

Como sea, la decisión de Alejandro Encinas de tomar partido con eso de que él “está con el pueblo” y que la construcción del NAIM “es un enorme error” no hace sino azuzar a esos grupos violentos en contra, no de Peña Nieto, no del PRI, sino en contra de su jefe.

No puede ser que mientras el presidente electo hace migas por teléfono con Donald Trump, mientras aplaude el más neoliberal de los acuerdos comerciales, a la par que opera de manera magistral la continuidad de los gasolinazos, lleguen sus colaboradores cercanos a soltar el tigre de los violentos que sí son capaces de voltearle el chirrión por el palito.

En la oposición, el presidente electo se alió con todo tipo de grupos, hizo una amalgama que ahora necesita de mucha habilidad para apaciguar y poder gobernar. Lo que menos necesita es que la primera línea de sus colaboradores le prenda fuego a la pradera.

Vamos, ni su oposición política está en el plan de ponerle piedras en el camino, ¿por qué aceptar que lo hagan los de casa?

Porque entre los violentos de Atenco, machete en mano, están los tigres amarrados de los que tanto advertía López Obrador. Pero en los mercados, en las firmas calificadoras, en los fondos de inversión, en el mundo financiero pues, están los verdaderos leones que pueden encumbrar o derrumbar una economía.

Ya fue un error grave poner a consulta la construcción del aeropuerto, pero darle alas a los violentos para tener algo que reclamarle a López Obrador si las cosas no suceden como ellos quieren es un error mucho más grave del equipo cercano.

Si se salen con la suya y se cancela la construcción del NAIM, el gobierno entrante va a pagar las consecuencias de la falta de confianza de los capitales. Entre tigres y leones, pues.