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Solo faltan 48 horas y es difícil contener las lágrimas. Algunos, llorarán de amarga felicidad y otros de genuina tristeza. Se lo ganó a pulso.

Si alguien es responsable de la división que hay en el país, es precisamente él. Por eso, en su caso, ni el odio ni el amor son unánimes.

En efecto, hay gente que lo odia, que lo maldice, que no puede ver su rostro en las redes o la televisión porque se altera, se pone de malas y vomita sus frustraciones. Lo culpan, algunos con razón y otros sin ella, del deterioro de su estilo de vida, de frenar sus aspiraciones, de sus comodidades que ven amenazadas.

Finalmente, de sus privilegios, que ven perdidos, que creen que no podrán conservar.

Los mayores, que heredaron privilegios o los forjaron por sí mismos, apechugan, con rencor. No han aceptado que el país cambió, que millones votaron porque así sucediera, que es otro México. Lloriquean que quienes sienten o piensan igual que ellos no tuvieron la capacidad ni la organización ni el hambre de organizar e impedir que las cosas no fueran así.

Que, sí, lo que aquí ha ocurrido es una revolución, “pacífica”, a diferencia de otras, y que lo que antes era hoy ya no es.

Les resulta insoportable la cantaleta de “Antes como antes, ahora como ahora”.

En contraste, ahora hay un pueblo empoderado, envalentado, intolerante que, como su Mesías, no parece buscar justicia sino venganza.

Durante años, soportaron marginación y vejaciones, discriminación, clasismo y racismo. Los redujeron a “pinches nacos”.

Quien cometa la estupidez de no reconocerlo estará condenado a una larga derrota.

Durante años escuchamos en la plaza pública y luego en el palaciego púlpito que “primero los pobres”.

Varias veces he escrito aquí que así ha debido ser y si no por convicción al menos por conveniencia propia. Si los más amolados podían cubrir sus necesidades básicas no tenían por qué odiar ni buscar revancha ni escuchar ni seguir a quien abanderara su indignación.

Pero la vanidad y la soberbia no son buenas consejeras. Independientemente del indebido uso que en este gobierno se ha dado a la información confidencial de los ciudadanos, es un hecho indudable que nuestra clase alta comete los errores que en otros momentos de la historia cometieron los de su misma condición: hacen cosas y abren la boca como si sus empleados fueran ciegos, sordos y mudos, imbéciles y pendejos. Por eso, muchas cosas se supieron en Palacio, además de por el espionaje oficial que todavía existe, por empleados domésticos, jardineros, choferes, mensajeros, meseros, secretarias y todo tipo de trabajadores que a algunos les han parecido insignificantes y que sin ninguna prudencia se comportaron como si estuvieran rodeados de macetas. Consolidaron el resentimiento social.

Hoy millones de mexicanos son beneficiarios de la caridad clientelar pública-electoral, a través de las pensiones y becas del bienestar, que a toda costa querrán conservar, por lo que el OBRADORISMO continuará por décadas.

Aquí he dicho que quien se va fue un luchador social con, quizás, buenas intenciones, pero terrible manera de intentar conseguirlas. Omiso y despreocupado ante los abusos y barbaridades de sus cercanos.

Que Dios, que la vida, que el destino nos permita ver un futuro mejor.

Nos lo merecemos. Como país, los mexicanos somos más grandes que nuestros políticos.

Y, mientras tanto, que YSQ “siga su camino”. La historia lo juzgará. Y nosotros también.

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