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Para Santino Cortés, que hoy cumple 23 años

Santino es el mejor compañero de viaje del mundo. Está cómodo, lo mismo tomando un vaso de sangría en una terraza del hotel San Domenico, de Taormina, que comiendo pollo frito en una barraca de tablas en la orilla del Misisipi.

Recuerdo un viaje que hicimos por el sur profundo de Estados Unidos. El primer viento de enero agitaba el delgado y oxidado poste metálico que anunciaba el nombre de un balneario: Vilano Beach. Parecía una vieja fotografía de los años treinta del siglo XX.

La brisa del mar gris rociaba las fachadas de madera de las casas estilo art decó. Estaban semiderruidas, con puertas y ventanas enconchadas, pintadas de colores pasteles. No vimos a nadie en la única calle, que daba a una dársena.

Llegamos a un viejo espigón y había un hombre desollando pescados. Una lanchita se deslizaba sobre las olas erizadas por el aura y era seguida por una bandada de gaviotas, jubilosas por la chispeante estela de la popa.

Había montones de sombrillas cerradas, y tumbonas atadas, apiladas a la intemperie. El aire levantaba arena, y dispersaba entre la bruma minúsculas burbujas de la espuma verdosa de la orilla. Reinaba una tranquilidad bondadosa.

Entramos a una tienda de antigüedades atendida por una anciana solitaria, que estaba leyendo una sobada edición de Rosas a crédito, de Elsa Triolet. Santino le compró unas postales amarillentas, húmedas y ceñidas con una cinta marrón.

Ya por la noche, en un café de San Agustín, la primera villa construida por los europeos en América del Norte, Santino dedicó un rato a escribir. Hoy incursiona cada vez más en la prosa pero, entonces, Santino sólo escribía poesía. Y, sí, escribió un poema:

Encontré una postal 

en una vieja tienda de antigüedades,

vidas han pasado sobre ella,

al reverso tiene una pequeña dedicatoria,

habla sobre Cuba 

y sitios que ahora son escombro;

hay una pequeña foto

en la que aparece un edificio 

resguardado por árboles,

al final de la nota, un corazón dibujado,

una firma

de gente que ya no existe 

y reposa en la postal.

Ventoso y azulado, Vilano Beach tiene el fulgor de saudade y abandono que fascina a Santino en las playas de invierno: a mí me trae la melancolía reflexiva de sus mejores textos publicados en la revista Purgante, y de sus grandes poemas de Icaria.

Cuando extraño a Santino (o sea: siempre) releo aquel poema, que lo vi garabatear en una servilleta con motivos navideños, a orillas del Atlántico sur estadounidense. Enseguida pienso en que, si un día me pierdo, quiero que me busquen en Vilano Beach.

Y que vaya por mí, Santino: el mejor compañero de viajes del mundo.