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La presidenta Sheinbaum dijo ayer que ha disminuido el tráfico de fentanilo hacia Estados Unidos, lo que implica la obviedad de que antes era más y desnuda una de las más descaradas mentiras de López Obrador, en el sentido de que en México no se producía esa droga.

Ante la nueva amenaza de Trump de combatir en tierras mexicanas a los “narcoterroristas”, la mandataria dijo:
“Nosotros estamos actuando: hay una reducción casi del 50 por ciento en homicidios dolosos, dos mil 500 laboratorios deshabilitados, destruidos; personas detenidas (…). Hay reducción del paso de fentanilo de México a Estados Unidos…”.

La mañosa negativa de AMLO corrió paralela a la diáfana información que desde 2019 daba la Secretaría de la Defensa Nacional sobre la destrucción de narcolaboratorios e incautaciones de millones y millones de pastillas de fentanilo.

Solo hacia el final de su gestión (marzo de 2024) llegó a reconocer que se importaban de Asia los precursores químicos para el troquelado de las píldoras, pero volvió a mentir con la patraña de que la producción en México era “mínima”, similar a la fabricada en Estados Unidos y Canadá.

Durante su gestión, sin embargo, México se había convertido en la primera potencia mundial en producción y exportación de fentanilo.

El problema era para él exclusivamente de consumo estadunidense (como si las bandas de Sinaloa y Jalisco fueran simples repartidoras humanitarias de un tóxico letal ajeno).

Qué bueno que Sheinbaum asuma una realidad que por pésimas razones negaba su predecesor.

La lógica es demoledora: si disminuyó el paso del fentanilo a Estados Unidos es que llegó a producirse a escala industrial, pero el primer piso del obradorato consintió y prefirió negarlo en vez de combatirlo frontalmente.

Por lo que sabe del narcogobierno en Sinaloa, no se trató de un error de diagnóstico sino de una decisión política.

López Obrador convirtió el flagelo en una batalla semántica: cambiaba las palabras para intentar desaparecer los hechos, negaba los narcolaboratorios, relativizaba la responsabilidad de las bandas y descalificaba cualquier información estadunidense como si fuera propaganda “intervencionista”.

Entretanto, las organizaciones de Los Chapitos y El Mencho expandían su capacidad de producción con una eficacia que ya quisiera cualquier industria legal.

La nueva narrativa presidencial desmonta otra falsa coartada: aquella según la cual Washington exageraba el problema para justificar presiones políticas sobre México.

Si hoy Sheinbaum presume resultados en la reducción del tráfico de fentanilo, está aceptando ––sin decirlo–– que la presión tenía fundamento.

Quizá por eso la discusión sobre “soberanía” suena tan hueco.

La magnitud del negocio criminal que floreció con AMLO no era porque Estados Unidos exagerara, sino porque el presidente se hacía guaje y alcahueteó la conversión de regiones enteras del país en plataformas industriales del narcotráfico…

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@CarlosMarin_soy