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La Semana Santa no fue la mejor para el presidente: acabó con el hashtag #AMLORenuncia, con más de un cuarto de millón de mensajes, se convirtió en tendencia mundial de Twitter, porque culpó “al pasado podrido” del crimen de 14 personas, incluido un bebé, en Veracruz.

El presidente no creyó necesario dar condolencias a los deudos, y respondió con un mensaje furibundo de su interminable campaña política que quizá empieza a agobiar a un país ya agobiado de politiquería. “Ese crimen es fruto podrido de gobiernos pasados”, dijo.

En verdad, el gobierno leyó mal el hecho: el multihomicidio de Minatitlán sí causó horror, ira, consternación entre los mexicanos y el Trending Topic de #AMLORenuncia no fue producto de cuentas falsas, bots e influencers de derecha, como propalaron sus adláteres.

De hecho, el mandatario pudo enfrentar la crisis con un discurso más sosegado, sumando y no restando, y todos lo habrían entendido. Decir, por ejemplo, que enfrentará al crimen con toda la fuerza de ley, porque México es de todos y no de una mitad sobre la otra mitad.

Sin embargo, culpó a una mitad del país (suponiendo que no haya crecido y siga siendo una mitad), al afirmar, en un parafraseo bíblico que la responsabilidad de todo lo malo que ocurre en el país es de “los conservadores”:

Callaron como momias cuando saqueaban y pisoteaban los derechos humanos y ahora gritan como pregoneros que es inconstitucional hacer justicia y desterrar la corrupción. No cabe duda de que la única doctrina de los conservadores es la hipocresía. Son como sepulcros blanqueados.

Y, sí, culpar al pasado funciona en política. Al comunismo cubano le ha funcionado para permanecer más de sesenta años en el poder, pero con una población desarrapada, una economía apuntalada por las remesas de aquellos a quienes obligó al exilio y una policía política feroz.

Pero en Cuba, ocho de cada diez cubanos no había nacido en el pasado que la propaganda oficial pinta. Aquí, sin embargo, el pasado reciente es el de un país con miles de problemas, pero miles de aciertos, como una economía de un billón de dólares y una clase media extendidísima.

Hoy en México, aun con la prensa en proceso de impasse, las nuevas formas de acceso a la información hacen difícil justificar la incompetencia culpando al pasado, pues más de la mitad de la población nació cuando nuestra economía se convirtió en una economía de un billón de dólares.

En cambio, negar la realidad es síntoma de aquello que los griegos llamaban hibris: esa suprema arrogancia que lleva a los seres humanos a considerarse infalibles, a creer que quienes llevan la contraria lo hacen por equivocación y, mucho peor, por maldad.

A esa espiral hemos entrado.