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El gobierno anticipado de López Obrador tomará esta semana la primera gran decisión, también anticipada, de su gobierno.

Es, naturalmente, la decisión del aeropuerto, una decisión que marcará su relación con los mercados y con los inversionistas, que de por sí empiezan a arrojar malas notas.

La calificadora Fitch le ha quitado confiabilidad a la deuda de Pemex, y su colega Moody’s ha emitido reservas sobre la deuda mexicana en general si Pemex, como ha dicho el futuro gobierno, deja de vender petróleo en el mercado internacional para dedicarlo a la refinación.

López Obrador está en la orilla de una decisión que puede ser muy cara para el futuro de la economía mexicana y para su gobierno. No en cualquier momento se está frente al espectáculo de un presidente que todavía no está en funciones y puede ya decidir sobre destruir una inversión del orden de los 13 mil millones de dólares.

El presidente electo puede aderezar su decisión con instancias consultivas o demoscópicas pero nadie en su sano juicio dudará de la autoría de la decisión.

Respecto del aeropuerto, el presidente electo ha dado muchas vueltas, pero luego de todas las vueltas el camino regresa sencillamente a él y él tiene el poder suficiente para decidir lo que quiera.

Esto es lo que sucederá esta semana con el aeropuerto: tomará la decisión de si se hace o un presidente en el pico anticipado de su poder, él mismo, dará luego la explicación de lo sucedido.

La explicación puede ser más o menos convincente pero México entero y todos y cada uno de los observadores extranjeros sabrán que la decisión ha sido suya, de nadie más.

Es el problema de tener tanto poder. Se es responsable de tenerlo aunque no se ejerza. Cuesta porque se ejerce o porque no se ejerce. No se diluye porque se quiera esconder tras una consulta y una encuesta a las que se les ve el sesgo por todos lados.

El Presidente electo ha cometido el error de polarizar el debate y hacer visible la decisión. Lo que decida será un acto puro y duro de poder que producirá triunfadores y derrotados, dentro y fuera del país, dentro y fuera del propio electo.

Y el poder que divide se divide.