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Jesús M. pasó secuestrado seis días en un armario, con las muñecas esposadas, sentado, con los pies encogidos, húmedo de sus orines y excrementos. Recibía la comida por una hendidura.

Al negociar con sus secuestradores, les aseguró que no podía pagar más de 100 mil dólares. Llamó a su hermano y le dijo que dispusiera de los 100 mil dólares que tenía en un banco X, en una cuenta donde había en realidad 300 mil. Su hermano entendió así cuál era el precio que debía pagar, y lo pagó.

Luego de su liberación, Jesús M. pasó meses despertando en la noche, sacudido por sueños en los que se vengaba de sus raptores. Los estrangulaba, los cosía a tiros o a puñaladas, y despertaba aullando.

Harto de despertar en el espanto, le confió su crisis a un sacerdote. El sacerdote le dijo: “no tengo remedio para tu mal”.

Los secuestradores cayeron presos por otro caso. Se supo que eran capitaneados por un amigo circunstancial de la familia de Jesús , cuyas hijas acudían a la misma escuela que la hija del menor de los secuestradores, padre e hijo.

En una fiesta de la hija de Jesús , los secuestradores lo habían puesto en su lista de secuestrables.

Jesús M. acudió al careo con sus secuestradores. El mayor de ellos, el padre, lo amenazó de muerte. Jesús M. lo reconoció por la voz y lo maldijo frente al juez, todavía loco de venganza.

Ya con sus raptores presos, Jesús siguió despertando por la noche, ahogado por sus sueños vengadores.

El padre que había visto meses atrás, le llamó para decirle:

—Creo que sé el remedio para tu mal. Tienes que perdonar a tus captores.

—No puedo perdonarlos —dijo Jesús .

Y siguió despertando en horror por las noches.

Pasó el tiempo, los secuestradores fueron sentenciados. Un día, leyendo las noticias sobre el caso, Jesús sintió lástima por sus secuestradores. La lástima lo llevó al perdón. No volvió a soñar que los mataba ni a despertar horrorizado de sus actos por la noche.

Fundó después una asociación civil de atención a víctimas del delito. Ha prestado ayuda a más de 10 mil víctimas.