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La política huele mal en todas partes. Entre más democrática es una sociedad, más crítica es de sus políticos, más conocedora de los tufos inherentes a la “verdad efectiva de la cosa”, dice Maquiavelo, esa “cosa” impresentable que es la política, el gobierno, la vida pública.

Quien quiera dedicarse a la política, dijo Max Weber siglos después, debe olvidarse de los ángeles y los demonios. Si quiere salvar la ciudad debe de renunciar a salvar su alma.

Añade Bismark: Al que le gusten las salchichas y las leyes, que no vaya a ver cómo se hacen.

La política a ras de piso siempre parece pequeña, interesada, traicionera, hecha de bajas pasiones y de no siempre legítimos ni confesables intereses.

En su libro Ingeniería constitucional, publicado por el Fondo de Cultura Económica en 1995, Giovanni Sartori dejó un tratado comparativo de maquinarias y regímenes políticos diseñados para lidiar civilizada y eficazmente con la “verdad efectiva de la cosa”.

El libro es un alegato por la combinación gubernativa que le parecía la mejor: un semipresidencialismo a la francesa, donde los gobiernos electos empiezan su gestión bajo la lógica de un régimen parlamentario pero, si este falla, dejan el paso a un Ejecutivo fuerte, cuasi dictatorial, que termina el mandato sin tener que buscar anuencias parlamentarias.

En aquel libro dejó también una breve taxonomía de las enfermedades que añaden desprestigio a la política moderna.

Según Sartori, el desprestigio histórico asociado a la política, alcanzó en las últimas décadas del siglo XX una suerte de aceleración sin precedentes. Se refiere a la política en general, a las dificultades de representación y gobierno de los regímenes democráticos modernos. Pero parece estar hablando, desde entonces, directa y agravadamente, de las enfermedades de la política mexicana de hoy.

Las enfermedades son tres: 1. El negativismo democrático. 2. La corrupción. 3. La videopolítica y la videocracia.

No será ocioso recordar los diagnósticos de Sartori y cotejarlos con el estado actual de nuestra “verdad efectiva de la cosa”.

Mañana: El negativismo democrático.

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