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El 4 de abril pasado murió Giovanni Sartori, teórico de la democracia moderna, notable “ingeniero constitucional”, es decir, un hombre capaz de leer el buen o mal funcionamiento de los regímenes políticos según sus reglas constitutivas.

Malos diseños constitucionales crean malos regímenes políticos, máquinas gubernativas defectuosas. Estas máquinas pueden mejorarse si se mejoran sus reglas, cambiando las que no sirven por las que sí, igual que los pistones de una máquina.

Sartori tenía una discusión con el rumbo de la democracia mexicana, cuyo hecho central, le parecía, era la derrota de la hegemonía electoral de un partido, el PRI.

La hegemonía de ese partido había hecho posible el hiperpresidencialismo mexicano. La hegemonía electoral y política del PRI le habían dado al Presidente el control del Congreso y del proceso político en su conjunto.

Suspendida aquella hegemonía partidista, la Presidencia mexicana era, en realidad, constitucionalmente hablando, una Presidencia débil, con facultades restringidas, de complicado ejercicio y competida ejecución.

Según Sartori, los mexicanos seguían pensando que tenían una hiperpresidencia, porque la habían visto todopoderosa por muchos años. En realidad, después de la alternancia democrática del año 2000, el problema constitucional que los mexicanos debían arreglar era que tenían una Presidencia débil.

Sartori dejó claro esto durante sus visitas a México, en el año 2007, para recibir un doctorado honoris causa de la UNAM, y dos años después, en 2009, durante una muy buena entrevista que concedió a Ricardo Raphael.

Han pasado todos esos años y se han hecho evidentes las debilidades gubernativas de tres presidentes. Pero en el imaginario político mexicano sigue intacta la creencia de que nuestros presidentes son hoy tan poderosos como antes.

Los presidentes de la democracia mexicana viven en el peor de los mundos imaginables para un gobierno: poco poder real y mucha responsabilidad pública. Tienen que pagar las cuentas políticas de todos, pero están siempre desfalcados.

La cultura política es un asunto de larga duración, cambia lentamente, anda siempre a destiempo con la historia. La nuestra no ha salido de los tiempos del PRI.