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Hace un año y cinco días, en Pennsylvania, un oscuro francotirador del que no nos dejaron saber mucho, se tardó un segundo en apretar el gatillo de su rifle AR 15 (la compañía Colt conserva la propiedad de la marca) a unos doscientos metros de donde estaba Donald Trump.

Era un mitin de campaña.

Desde hace muchos años, los malos oradores fingen hablar en público lo que les viene a su cabeza. En realidad, están leyendo un texto que ellos escribieron antes o que sus achichincles les prepararon. Desde 1950, los políticos, y otros actores, usan un invento del ingeniero Hubert Shafly, que se llama telepromter, o apuntador televisivo. En aquel entonces cincuentero, era un rollo de papel con el texto, que un asistente iba desenrrollando según la velocidad de lectura/interpretación del divo.

Ya no hay rollos de papel. Frente al orador hay dos pantallas de plástico traslúcido, una diestra, otra siniestra, en donde se proyecta el texto que el interfecto recita.

Lo menciono, porque en el momento de leer su texto, en aquel día de julio 13, 2024, Donald Trump, dejó de mirar la pantalla a su derecha e iba a seguir su lectura en la otra; giró la cabeza hacia su izquierda. El disparo, en lugar de hacer diana en el parietal derecho de la víctima, le dio un rozón en la oreja. La sangre vertida valió la pena, a vistas.

Ante ese acto, milagroso, fortuito o escenificado -usted le pone el adjetivo y si se le ocurre otro, lo compro- me surge una interrogante frecuente. El estado de salud de Trump aquella vez, como el de Kennedy en otro desafortuado evento, como el de todos los presidentes de los Estados Unidos, se hizo público todo el tiempo.

Los mexicanos nunca supimos de la fatal migraña de López Mateos que lo sacó de su cargo por meses, del infarto de López Obrador, del estado de salud mental de Zedillo o del tamaño de la próstata de López Portillo.

Ayer, precisamente por esa diferencia de sistemas, nos enteramos que Trump tiene un crónico trastorno de circulación venosa en las piernas: es un comunicado de la Casa Blanca.

Los malquerientes de Trump ya lo veían en terapia intensiva, con los santos óleos y esas babosadas. El mal del presidente de los Estados Unidos es una dificultad menor circulatoria que, cuando mucho y luego de un largo tiempo, puede devenir flebitis. Que tampoco es mortal. Conozco salvos de ese mal.

Lamento mucho el desengaño. Pero de paso, ¿por qué no se legisla de manera que los mexicanos sepamos si nuestro presidente, con a o e, tiene demencia senil, cáncer en el testículo izquierdo, o simplemente diabetes melitus?

Tal vez saber eso nos ayudaría a entender muchos misterios de este país.

PARA LA MAÑANERA DEL PUEBLO (porque no dejan entrar sin tapabocas): No todo mundo estará de acuerdo, pero Donald Trump dice a veces cosas que son ciertas; vamos, yo diría que indubitables. Por ejemplo, que el fentanilo -la droga momentáneamente en el pináculo del consumo en su país- está matando a norteamericanos, generalmente jóvenes, en el rango del primer centenar de miles.

También afirma que esa y otras drogas entran a Estados Unidos, entre otros puertos de entrada, por la frontera con México. Se cuida de no mencionar los desembarcos en Florida o las costas del oeste americano, de otras procedencias, pero no miente.

Tampoco miente, debo decir, cuando afirma que el crimen organizado domina más del cincuenta por ciento del territorio nacional, ante la incapacidad del gobierno mexicano.

Exagera al decir que las autoridades en México no acuden a sus oficinas por miedo a que los asalten. Claro, las autoridaes del país no son solamente las de Palacio Nacional, y en todas las instancias inferiores, el número de escoltas y vehículos blindados da el tamaño del miedo.

Finalmente, YO creo que el término de “petrificadas” que usó el señor Trump hablando de todas las instancias del gobierno mexicano, de todas , no está muy lejos de la verdad.Ahora, de esa verdad clara, a la conclusión de que “nosotros no podemos permitir eso”, hay una gran distancia.

No es necesario envolverse en el lábaro patrio -así me enseñaron en la primaria- y lanzarse desde el Castillo de Chapultepec. Tampoco hacer aspavientos retóricos sobre la soberanía nacional y otras paparruchadas en el monólogo mañanero.

Hay que tener en cuenta el decir de mi abuela: cada quien en su casa, y Dios en la de todos.

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