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Es lógico que el valor de la palabra hablada se abarate si, como hace el presidente, hay que llenar con base en improvisaciones verbales una media de 109 minutos cada mañana, y sin tomar jamás un vaso de agua.

Por eso son baladíes la proclama del mandatario, de que la mejor política exterior es la interior; y su premisa de la no intervención, porque el respeto al derecho ajeno es la paz. Porque si un gobierno se mete en asuntos de otro gobierno, es el de México.

Ayer mismo, el presidente envió su “solidaridad a Perú y Honduras “para que afronten el embate del conservadurismo”. Un mes antes mandó a su secretario de Hacienda a arreglar la economía de Perú, siendo que la suya está en recesión.

Además, la cancillería y Segalmex armaron una red que intercambió petróleo de Venezuela por diferentes productos para evadir las sanciones impuestas por Estados Unidos a la cúpula chavista, aliada ideológica del gobierno mexicano.

En plena campaña presidencial de Estados Unidos, el presidente mexicano visitó en Washington a Donald Trump, enfrascado en reelegirse. No se reunió con el otro candidato presidencial, Joe Biden. Fue a jugársela por Trump.

Tanto así que el presidente mexicano fue protagonista del spot oficial de campaña de Trump (estrenado en la Convención Republicana donde éste fue nombrado candidato) y que decía que uno de sus grandes logros era que el mexicano fuera a visitarlo.

Tardó 67 días sin reconocer el triunfo de Biden, pero reconoció al instante el fraude de Ortega para reelegirse en Nicaragua, y tuvo enviado a la toma de posesión, lo que sólo hicieron Cuba, Turquía, Venezuela, Vietnam, China, Corea del Norte, Irán, Rusia y Siria.

También fue uno de los escasos gobiernos que respaldó el robo de las elecciones por parte del dictador de Bolivia Evo Morales, quien iba abajo en el conteo cuando el sistema de cómputos se cayó. Al reactivarse el conteo, ya había ganado. Al estilo Manuel Bartlet.

Por su fraude electoral, Morales tuvo que abandonar la presidencia, y el gobierno mexicano acogió sin reparos una teoría de golpe de Estado, que no prosperó, y acogió a Morales y hasta CURP le concedió en tres días.

Imposible olvidar que el gobierno mexicano es el único en votar a favor de la dictadura de Venezuela en la OEA (o abstenerse) en temas como la captura del órgano electoral por parte del gobierno, asalto de militares al Congreso y represión a opositores.

Y se negó en Ginebra a condenar al régimen de Venezuela en la votación de un informe de casi 500 páginas Naciones Unidas que considera al dictador Nicolás Maduro “responsable de crímenes de lesa humanidad”.

Pues claro que sí interviene, eh.