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Lo advirtió Monreal: “Así comienza el deterioro estructural de los movimientos que triunfan de manera contundente”. Destrozándose entre ellos. Francisco Garduño se despidió de Migración llamando “pollero de Dios” al cura Solalinde; y este respondió: “Y tu fuiste un desastre como director”.
Se trata de dos granujas:
–De Solalinde, cuya transformación con López Obrador fue escandalosa. Pasó de defensor de migrantes, a defender que les echaran el Ejército, por orden de López Obrador, a cambio de que Trump mantuviera los 300 mil millones de dólares del T-MEC, con los que pagó las becas.
–De Garduño, quien, como director nacional de Migración, nunca pagó por la atrocidad de subordinados suyos que se negaron a abrir los candados de las celdas, y dejaron quemarse a 40 migrantes que, para empezar, era ilegal que estuvieran en celdas, porque no eran criminales.
Los dos tienen razón en lo que dicen el uno del otro. Garduño, porque Solalinde siempre ha sido un pollero. Pero lo de Dios es un adjetivo que no merece. Y Solalinde, porque Garduño fue tan abusivo como “el sheriff anti migrante más implacable de Estados Unidos”, Joe Arpaio.
Antes del gobierno de López Obrador, Solalinde se hizo muy rico promoviendo caravanas migrantes, aun cuando pone en riesgo a los migrantes. Su organización “Hermanos en el camino” tiene decenas de inmuebles. Y él se convirtió en viajero frecuente por medio mundo, todo pagado.
Dejó de hacerlo con López Obrador, porque se contentó con tener derecho de picaporte en Palacio. Pero volvió a las andadas ahora, en la presidencia de Sheinbaum, porque ahí lo mantienen a raya. “Es un personaje que resta mucho y suma poco”, dicen el equipo de la presidenta.
Garduño escapó de la justicia por el caso de los 40 migrantes incinerados, porque López Obrador lo apoyó. Pero nunca diseñó protocolos de actuación contra incendios y hacinamientos, aunque sabía que la cárcel migratoria de Ciudad Juárez no tenía condiciones para operar.
Garduño fue responsable, porque sus controles eran laxos sus controles de evaluación y de confianza del personal en las estaciones migratorias; no evaluaba a aspirantes a ocupar plazas, ni comprobaba perfiles de personalidad, éticos y socioeconómicos.
Solalinde y Garduño representan lo peor del gobierno de López Obrador: para los amigos, justicia y gracia; para los enemigos, ley a secas. Ellos dos son cómplices de López Obrador. Por eso Solalinde da 200 por ciento de propina en los cafés; y Garduño se pasea libre y sin cargos.
Y ambos ya se la saben: culpan a Estados Unidos de la migración ilegal, aunque Solalinde vive de ella y Garduño nunca pagará por tener a los migrantes en condiciones de campo de concentración.
En efecto: dos granujas.