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En política nadie está muerto. Por eso la candidatura presidencial de Ebrard está viva, por algún partido afín al presidente. Su problema es que se está disparando en el pie como la opción socialdemócrata que se esperaría de él, por su labor en el GDF.

Porque se ha echado encima uno de los legados peores de este gobierno, que es su alianza internacional con los gobiernos sin elecciones o elecciones amañadas. Se entiende que haga lo que le ordenan como canciller: el tema es que se pasa de cumplido.

Por ejemplo, para congraciarse con Nicolás Maduro y Daniel Ortega, acaba de pelearse sin ton ni son con el secretario general de la OEA. Y se llevó una paliza verbal. Estaba aquí una delegación de OEA… y el canciller mexicano atacó a la OEA. ¡El propio canciller!

“La actuación del secretario general de la OEA, el señor Almagro, ha sido una de las peores en la historia”, dijo Ebrard. Lo pésimo fue que lo dijo al referirse a la comisión observadora de ese organismo que había venido a las elecciones intermedias. ¡El propio canciller!

De diplomático tiene poco. Y el tapabocas de Almagro fue demoledor:

“Hablando de mala gestión, como yo soy buena gente, le deseo a Ebrard que ninguna obra más que él haya hecho como jefe de Gobierno de la Ciudad de México se derrumbe sin perjuicio de mi solidaridad con las víctimas de la línea del Metro”.

Bailar de más al son de los dictadores nunca sale bien en países con elecciones libres, como se demostró el domingo que todavía hay en México. Y a Ebrard se le está deshaciendo la huesera rumbeando con la música de los sátrapas.

No ha visitado Estados Unidos con el actual presidente, pero acaba de pasarse una semana en Moscú y entró en trance: hasta escribió una parrafada en ruso en su cuenta de Twitter. También ya estuvo en Pekín, aunque allá no escribió en mandarín.

Una rara pasión rusa y china, pues cuando se autoexilió, Ebrard no vivió en Moscú ni en Pekín: se movió entre Estados Unidos y Francia. Tampoco se autoexilió en la Bolivia de “Evo, hermano, ya eres mexicano”. Sin embargo, tiene fijación con las autocracias.

Aunque como jefe de Gobierno fue un liberal: atención médica domiciliaria, apoyo a madres solteras, discapacitados, reingreso de jóvenes al estudio, programa de vivienda, aborto, matrimonio gay, protección al medio ambiente, recuperación de espacio público.

Ah, pero instaló en la avenida Reforma una estatua del dictador Heydar Aliyev, un general asesino de la policía secreta soviética rusa que durante 30 años gobernó Azerbaiyán a sangre y terror: primero como líder comunista y después como presidente electo.

Tipo extraño.