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El presidente mexicano caló a Biden y Biden se dejó. Y ya se sabe qué le pasa a quien se deja. Así que lo obligó a continuar el pacto que hizo con Trump: servirle de policía migratorio, a cambio de que no se meta en que él se atornille como dictador constitucional.

Tanto le tomó la medida el presidente mexicano al de Estados Unidos, que a duras penas lo reconoció como presidente, y en septiembre le traerá aquí, ante sus narices a Vladimir Putin, como invitado de honor a la celebración de las fechas patrias.

Se equivocan quienes esperan que el presidente estadounidense ocupe en México el lugar que han cedido ante Palacio Nacional los poderes Judicial y Legislativo, oposición, Iglesia, empresarios, Ejército, ONGs, la mayoría de los medios, la sociedad civil.

Ese lugar no le corresponde a Biden, sino a quienes lo han cedido al presidente. Sin embargo, muchos esperan que sea Biden el valedor en México de la defensa de la inversión extranjera, las energías renovables, el Estado de Derecho y la transparencia electoral.

Incluso, piensan que lo hará tras las elecciones del seis de junio. Pero no ocurrirá: la única relación que le interesa a Biden con México es la misma que le interesaba a Trump: haz lo que quieras, pero impide que los centroamericanos me entren a Estados Unidos.

Es lógico que muchos hayan endiosado a Biden después de hacer respirar a la humanidad con su proeza de sacar de la presidencia a Trump. Pero, ojo: Biden es un político gris y amargo, sin nervio y forma parte de un equipo político francamente antimigración.

No olvidemos que fue el gobierno de Obama (2008-14), del cual Biden fue vicepresidente, el que más migrantes ha deportado en la historia de Estados Unidos: casi tantos como la suma combinada de todos los presidentes estadounidenses anteriores.

Hasta el 30 de septiembre del 2015 (más de un año antes de dejar la Casa Blanca) Obama expulsó a 2.7 millones de inmigrantes: eso, sin incluir las repatriaciones voluntarias ni de los mexicanos que fueron aprehendidos antes de entrar formalmente.

Además, eliminó la mayoría de las facilidades que recibían para asilarse los cubanos que escapaban del comunismo en Cuba gracias a la Ley de Ajuste Cubano de 1966, a pesar de que ésta sigue siendo una ley federal del Congreso estadounidense.

Sabedor de que el discurso promigrante de Biden es pura retórica, el mandatario mexicano centró las relaciones con la Casa Blanca en lo único que le importa del exterior a alguien gris y amargo, timorato, escaso de miras y falto de reflejos, como lo es Biden.

Si Biden lo molesta, abre la frontera.

Si Biden lo deja tranquilo, la cierra.