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Cuando en las elecciones del 2018, emití mi voto a favor de AMLO, uno de los motivos de mi sufragio fue por su manifiesta, una y otra y otra vez, promesa de acabar con la corrupción. Pensé, ingenuamente, ahora lo sé, que sus primeras medidas para cumplir su promesa largamente anunciada sería la de dejarse ir, como pantera que cuida a sus cachorros, contra los líderes sindicales que han hecho de los trabajadores un botín y que son la piedra angular de la corrupción mexicana proveniente del PRI. Pero no fue así.

El líder corrupto por antonomasia, aquel que pensábamos todos, o casi todos, que de ganar la elección López Obrador, encabezaría el Top Ten de los futuros huéspedes del Altiplano Hilton, sin duda era Carlos Romero Deschamps. Vamos, hasta él lo pensaba, prueba de ello es que adelantó un año antes las elecciones del sindicato petrolero para que de llegar el tabasqueño a la presidencia no aprovechara la coyuntura de la elección sindical para tumbarlo.

Pero lo que nadie esperaba es que Andrés Manuel, por algo que ignoramos, no ha tocado ni con el pétalo de una orden de aprehensión no sólo al líder petrolero si no a ninguno de los afiliados a la escaramuza charra sindical. Hasta ahora —locución prepositiva y esperanzadora— lo más que ha hecho el jefe del Ejecutivo con el exlíder millonario es exhortarlo a dejar de ser trabajador de Pemex, debido a que por su antigüedad en la empresa –que no en el trabajo— tenía derecho a vacaciones hasta el año 2024. Desde luego que Romero Deschamps hizo caso del exhorto. Renunció a Pemex. Es un desempleado más como hay muchos. Con la diferencia que éste ya está tramitando una jugosa pensión por jubilación.

En mayo del 2012, cuando Romero Deschamps estaba, como diría el clásico, en plenitud del pinche poder, se me ocurrió y lo manifesté a través de esta columna, proponer al entonces secretario general de STPRM, como el padre del año. Las razones argumentadas para el nombramiento era el trato cariñoso y oneroso que da a sus hijos y que ellos presumen en las redes sociales. Citaré algunos de mis párrafos.

Hay cientos de padres que sacrifican su comodidad a fin de tener dinero para que sus hijos vayan a un buen colegio. ¿Quién no ha sabido de padres que se quitan el pan de la boca para dárselo a sus vástagos? Éstos casos, a fuerza de ser tan comunes, han perdido la categoría de acontecimientos ejemplares para convertirse en rutinas ramplonas.

En cambio ser motorista de Pemex, con un sueldo mensual de 24,633 pesos y comprarle a tu hijo un Ferrari Enzo, uno de los autos más caros del mundo y tener recursos para que tu hija viaje por el mundo y compre en las mejores tiendas, bolsas de miles de dólares que en plan de broma llama “mis bolsas del Superama”, eso sí es una hazaña digna de llevarla a un monumento. Desde luego que estoy enterado que el señor no sólo tiene su sueldo de motorista en la paraestatal. Desde 1993 es el Secretario General del STPRM. ¿Cuánto podrá ganar en su cargo sindical para que en 19 años haya acumulado una fortuna digna de un jeque árabe?

Sugiero, como tributo a su gran calidad de padre, que se erija un monumento en su honor: su figura caricaturizada como un ratón con antifaz chupando con un popote el contenido de un barril de petróleo con bolsas —estas si del Superama— llenas de billetes que les da a sus hijos. El sitio donde podría ubicarse la estatua sería detrás del flamante y reinaugurado Monumento a la Madre. La ubicación no es por tratarse de un monumento dedicado a un padre, si no para que la gente sepa que detrás del Monumento a la Madre, está el dedicado a la poca madre.