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En la elaboración de un atlas de riesgos para Ciudad de México se han invertido, desde la época de Marcelo Ebrard como jefe de Gobierno, 103 millones de pesos (http://bit.ly/2k85ps3).

Apenas podría pensar en una inversión de menor monto y mayor importancia estratégica para la seguridad de los habitantes de la capital del país.

Como nos demuestran los sismos recientes, en materia de riesgos geológicos, conocimiento es seguridad. El conocimiento convertido en prevención es, sencillamente, salvamento de vidas humanas.

El atlas de riesgos de Ciudad de México está terminado, pero se mantiene a buen resguardo. Según la fuente citada arriba, 113 ciudadanos han solicitado sin éxito tener acceso a él, por vía del instituto de transparencia.

Se les ha respondido, entre otras cosas, que solo pueden conocer el atlas quienes pueden demostrar un “interés jurídico”.

Podría responderse que los habitantes de la ciudad tienen algo más que un “interés jurídico” en el acceso al atlas de riesgo: tienen un interés vital.

Las autoridades deberían tener, también, un interés político vital no en esconder el atlas, sino en enseñarlo, extensa y minuciosamente, a la ciudadanía.

Solo así podrían establecer con ella un nexo de efectiva corresponsabilidad, un código de conducta racional respecto de los riesgos que implica vivir en la urbe, y respecto de lo que la autoridad puede o no puede garantizar, puede o no puede prevenir.

En materia de sismos, ahora lo sabemos, las zonas que se asientan sobre la antigua ciudad lacustre son seis veces más riesgosas que las otras, pues las ondas sísmicas corren ahí a una velocidad seis veces mayor.

Dentro de las zonas lacustres hay minizonas de mayor riesgo aún, como el que se hizo manifiesto en las colonias Condesa y Roma, las más golpeadas por el sismo de toda la ciudad.

Ayer hubo una reunión de vecinos de estas dos colonias en el hotel Condesa DF, para construir una voz colectiva de asociación y reanimación de la zona.

Creo que no exagero si digo que para esos vecinos no haber tenido acceso oportuno al atlas de riesgos pudo ser cuestión de vida o muerte.

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