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¿Hay algo que la democracia mexicana haya mejorado de manera ostensible, irrefutable?

No hay duda, creo, respecto de nuestras libertades, la tolerancia a la crítica, la crítica de nuestros vicios, la competencia electoral, la pluralidad política, la alternancia en el poder, la naturalidad con que se expresa y se asume nuestra diversidad en todos los órdenes.

¿Algo más?

No. No mucho más.

La democracia no ha mejorado la calidad de nuestros gobiernos. Es alegable que los ha empeorado en todos los órdenes.

Los ha hecho catastróficamente incapaces de resolver el problema de seguridad pública del país, bien fundamental de todo régimen político.

Difícil recordar en nuestra historia una época de paz y estabilidad más violenta e insegura que la de los años de la democracia mexicana.

Tampoco ha producido gobiernos más honestos y transparentes, como debería suceder por la vigilancia democrática y los contrapesos de la pluralidad política.

Al contrario: del seno de la democracia mexicana han brotado algunos de los casos más escandalosos de desvío de fondos, corrupción y enriquecimiento ilegal del último medio siglo.

El espectáculo de gobernadores presos o prófugos que llena nuestros noticiarios es solo la punta del iceberg: nuestro nuevo iceberg de corrupción.

El fondo del iceberg siempre existió en la vida pública mexicana, pero es alegable que nunca fue tan grande ni tan diverso como ahora.

Es alegable que la democracia multiplicó el iceberg de la corrupción mexicana, le dio forma de red horizontal, ejercible desde abajo, a lo que antes tenía la forma de una pirámide, autorizada desde arriba.

Hay pirámides de corrupción en todos los niveles de gobierno, en todos los gobiernos electos democráticamente, y en todos los partidos políticos que, para ser competitivos y tener alguna posibilidad de triunfo, deben llevar a sus campañas escandalosas cantidades de dinero ilegal.

La competencia democrática no ha producido mejores gobiernos, mejores políticos, ni mejores partidos. Nuestra pluralidad política se parece a la fragmentación y los gobiernos emanados de ella no se distinguen mayor cosa entre sí. Se parecen mucho, en cambio, en ineficacia, impunidad y corrupción.

La democracia mexicana tiene solo 17 años de existencia. Y, sí, es un adolescente imperfecto, en muchos aspectos impresentable, cuyo futuro nos preocupa enormemente.

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