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Durante seis años un presidente, de cuyo nombre no hace falta acordarse, se dedicó a infamar, desde su micrófono plenipotenciario, a periodistas, intelectuales, empresarios, partidos políticos, ex presidentes, rivales, personajes públicos, instituciones, ONG, jueces, manifestantes, víctimas y cuanto cruzara por su cabeza, que barbotaba ofensas incluso cuando no era su intención hacerlo, como la vez que describió a los pobres, sus pobres, como “mascotas”, como “animalitos”, que no podían valerse por sí mismos y a los que había que cuidar, porque eran minusválidos, pero eran también agradecidos y seguros a la hora de votar, no como la clase media.

Ciro Gómez Leyva dedicó un memorable pasaje de su libro No me pudiste matar a esta enfermedad oratoria.

Dice así:

“Él fue un poderoso que administró y desparramó discordia, y sí creo que quiso destruirnos la vida a unos cuantos: denigrándonos, asfixiándonos, extenuándonos, congelándonos con persecuciones fiscales, conminando al reculo y la rendición a nuestros empleadores. Fabricó una opinión negativa de nosotros. Nos linchó desde el poder con su palabra e hizo guiños para que nos lincharan en las calles. En seis años no descansó en la cabronada de convertirnos en objetos de odio para sus radicales furiosos que, en nuestro país de 130,000,000 de habitantes, podían ser millones en las esquinas, las plazas, el tráfico, en el sol y en la sombra. Nos calumnió, insultó, se empeñó en arruinar nuestras reputaciones. Nos agredió desde su palacio, convocó nuestros miedos, reprobó que no aceptáramos como cortesanos su visión monocromática del pasado, el presente y el futuro, que no nos adhiriéramos a la genuflexión de que él estaba cambiando la conciencia moral del país. Enfurecía cuando desenmascábamos una realidad opuesta a sus supersticiones, a sus promesas incumplidas, a sus mitos, embutidos de mentiras. Y es que, por un pudor primario de buscar información verificable, algunos no aceptábamos sus medias verdades, sus mensajes falsos, a sabiendas de que eran falsos (verbigracia: que el servicio de salud pública de México era tan bueno como el de Dinamarca); o su viciosa pedagogía con la que alegaba, replicaba, orientaba, concientizaba. No comprábamos sus mitos, su invención de ficciones, sus dictados morales, su artificiosa redención de los pobres”.

Sic.