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Me he referido ya en este espacio, ampliamente, al mercado negro de dinero que acompaña nuestros procesos electorales. (MILENIO Diario, 27, 28 y 29 de enero de 2015).

La evidencia abrumadora es que al muchísimo dinero oficial destinado a sostener a los partidos para que no tomen dinero ni compromisos privados (unos 500 millones de dólares este año) hay que añadir un robusto mercado de dinero ilegal, que nadie vigila, y sin el cual es prácticamente imposible ser competitivo en el escenario electoral.

Luis Carlos Ugalde, antiguo presidente del IFE, ha calculado ese mercado negro de dinero electoral en proporciones que pueden ser de hasta 10 veces más que el dinero público autorizado y entregado a los partidos. De modo que si el tope de financiamiento oficial para una campaña de diputado federal es de 1.2 millones de pesos, el costo promedio de esa campaña en zonas urbanas puede llegar a ser de 10 o 12 millones.

Acota José Antonio Aguilar Rivera:

La competencia por los cargos públicos depende críticamente del dinero. Ningún sistema ha podido, en ningún lugar, eliminar por completo este mal. No es un defecto de nacimiento de la democracia, es un mal congénito que acompañará al paciente hasta la tumba. (La cruda democrática. Tribuna, MILENIO Diario, 3/04 15).

El mal congénito mexicano en la materia toma lo peor de todos lados. Por un lado, los partidos reciben carretadas de dinero público y de tiempos gratuitos en los medios (este año emitirán sin costo más de 13 millones de spots, con costo de 15 mil millones de pesos).

Por otro lado, tienen también las arcas abiertas a las carretadas de dinero ilegal que aportan gobiernos de su propio partido, empresarios que cobran con contratos, y el crimen organizado.

A la hora de las elecciones, los partidos violan sistemáticamente la ley que los regula: abusan del dinero legal y del ilegal. Más que una competencia nuestras elecciones parecen una subasta.

Resumo mis columnas de estos días:

Nuestra democracia produce gobiernos federales inexpertos, gobiernos locales irresponsables y elecciones subastadas. No es este el juego que queríamos jugar, pero es el que estamos jugando.

Es hora de repensar la democracia mexicana.