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El gobierno federal debería tener en el 2019 su primera prueba económica-financiera importante para ver si realmente tienen la capacidad de administrar bien el país y cumplir sus metas.

Desafortunadamente fue decisión del propio presidente Andrés Manuel López Obrador empezar el ciclo con muchas expectativas en contra, tras su personalísima decisión de cancelar el aeropuerto de Texcoco.

Que no quede duda, acabar con esa obra será un lastre para toda su administración y pesará en su historia como presidente.

Por lo pronto, lo que hay es un discurso de la Secretaría de Hacienda de disciplina fiscal y respeto a las decisiones monetarias por parte del Banco de México que deberían llamar a la tranquilidad para transitar estos 12 meses del primer año de López Obrador.

Pero hay razones para la desconfianza. La cancelación del aeropuerto es una básica. Pero, también, lo justo que quedó en el papel el Paquete Económico para este año que no se permite márgenes de error.

Las mañosas administraciones anteriores jugaban con la subestimación para darse algo de espacio hacia finales de cada año. Éstos no, se hicieron un traje tan justito que, para ponerlo en términos de la temporada, esos botones del saco presupuestal ya no aguantarían los tamales de la Candelaria.

La Secretaría de Hacienda había ya mandado un traje ajustado, con una estimación de aumento en la recaudación tributaria en términos reales de 3.8% respecto al estimado para el 2018, pero los “expertos” del Congreso aumentaron esta estimación hasta 4.6% en términos reales con lo que dejaron el traje económico embarrado como leotardo.

Otro problema que tiene el Paquete Económico es que recarga el gasto social en programas asistencialistas que no contribuyen al crecimiento económico. Pretenden gastar en el bienestar de sus clientelas políticas con recursos que se destinarán al consumo final, con pocas opciones de generar un retorno productivo.

Hay pues un discurso responsable de la Secretaría de Hacienda que se contrapone a la realidad de un Paquete Económico sostenido con alfileres para su cumplimiento. La gran interrogante es cuál de las dos visiones prevalecerá a lo largo del año para mantener la salud macroeconómica del país.

Si prevalece la visión del secretario de Hacienda, Carlos Urzúa, quien señala que uno de los objetivos más importantes de la política económica de un país es la sustentabilidad del balance fiscal y la deuda pública. Y claro, que entiende el entorno externo desfavorable.

Pero, al mismo tiempo, está la visión presidencial que no requiere muchos tecnicismos para explicarse y se pude resumir en esta frase: me canso ganso.

Si al paso de los trimestres no se cumplen las metas de ingreso y se exceden los gastos en los programas sociales se tendrá que tomar la decisión de aplicar recortes a ese gasto para mantener la salud.

O bien, incurrir en un déficit mayor para no frenar la dadivosa cartera de los programas estrella del sexenio.

Si todo les cuadra como quedó en el papel, los milagros existen. Pero si hay que hacer ajustes en el camino, ¿cuál será la salida, la disciplina macroeconómica o gastar en lo prometido, cueste lo que cueste?

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