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Ojalá no llegue ese día en que la economía entre en el terreno recesivo. Pero si se da esa condición, ¿quién será el valiente dentro del equipo presidencial que se atreva a decirle a Andrés Manuel López Obrador que el Producto Interno Bruto (PIB) cayó en el terreno negativo y que se cumplen las condiciones técnicas de una recesión?

Si en las juntas privadas de gabinete el presidente reacciona como lo hace en público, por ejemplo, en las mañaneras, seguro le subirá el color de las mejillas y dirá que él tiene otros datos y que no están midiendo bien la economía si no incorporan los ahorros que tiene el país por la eliminación total de la corrupción.

Si el ambiente es tenso, seguro que nadie se atrevería a decirle que aquel negocio que al parecer quiere hacer el coordinador del Tren Maya, de limpiar el sargazo de Quintana Roo con su inexperta empresa particular, se parece mucho al modelo de corrupción que se usaba el sexenio pasado.

Pero si en la intimidad de la oficina presidencial López Obrador fuera receptivo y aceptara que, efectivamente, la economía habría entrado en el terreno negativo, planearía cómo traspasar la responsabilidad de ello a alguien más y cómo levantar el barco para sacarlo a flote.

Hoy, hay que decirlo con todas las letras, la economía mexicana presenta una desaceleración evidente, pero no tiene ningún elemento que anticipe la posibilidad de una recesión.

Lo más preocupante del primer trimestre, que tuvo una lectura negativa de -0.2%, fue el comportamiento del sector industrial, que lleva varios trimestres mostrando una debilidad muy marcada, sobre todo por las industrias extractivas. Pero el resto de los indicadores que llevaron al PIB por debajo de cero se deberían corregir en los meses por venir para lograr al menos un dato ligeramente arriba de 1% en este año.

Sin embargo, también es cierto que se pueden dar diferentes circunstancias, internas y externas, que hagan repetir un trimestre negativo. Ahí iniciaría la discusión de si la economía estaría o no en recesión.

Las economías funcionan por ciclos y eventualmente se dan las condiciones de baja. El punto es que la economía y su desempeño están más en el terreno de la política y una recesión es un sinónimo de fracaso.

Y como ya se acabó el neoliberalismo, como ya no hay tecnócratas neoporfiristas, López Obrador y los suyos no podrían argumentar que las condiciones del entorno global han llevado al ciclo económico al lado recesivo. Eso sonaría muy fifí.

Por eso llamó la atención que el presidente del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (Inegi), Julio Santaella, recordara algo que es evidente, pero hoy es muy pertinente recordar: el Inegi es el mensajero de los datos, la declaratoria de una recesión no les toca a ellos.

Pide, con elegancia, crear un consejo técnico que se encargue de semejante labor, algo que sin duda no hace falta, porque los analistas de cualquier banco, organismo nacional o extranjero, universidad o institución no gubernamental se encargarían de dar cuenta de esa declaratoria del estado de recesión. El mercado no necesita burocracia para lo evidente.

La discusión no sería técnica, eso está resuelto. El problema sería evidentemente político. ¿Cómo caería en la 4T, con sueños de crecer hasta 6% anual, que hubiera una recesión?

Ojalá, por el bien de todos, que no llegue el día en que, ante una recesión económica en México, alguien tenga que acercarse a Andrés Manuel López Obrador a decirle: “Señor presidente, tengo que decirle algo”.