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La semana pasada argumentaba que los reclamos y convocatorias en las redes sociales son incapaces de mantener por sí solos un movimiento de protesta. Más allá de esta discusión, existe la pregunta de si las redes contribuyen o no a una política democrática. La respuesta pareciera ser inequívocamente afirmativa. ¿Lo es?

Las redes constituyen un espacio público horizontal, en el que todos somos iguales. La libertad de expresión es absoluta. No hay poder superior capaz de controlar la información y las opiniones. La posibilidad de participar también es irrestricta pues prácticamente no existen barreras de entrada. La única limitación es el tiempo disponible de cada persona.

En las redes hay igualdad, libertad y participación. El problema es que la dinámica en las redes al amparo de estos valores no necesariamente contribuye a la reflexión para el debate público. Para el filósofo coreano Byuan-Chul Han, el recurso del anonimato en las redes, la velocidad con la que todo surge y queda atrás, el premio a la estridencia y la falta de respeto conducen a un empobrecimiento del debate público.

La cuestión más amplia, estructural, es que la aparición de las redes ha acelerado el debilitamiento del poder del Estado. Sin duda, las redes son un nuevo control popular al ejercicio arbitrario del poder. Pero la dilución de poder puede llegar a comprometer el ejercicio mismo del gobierno. La democracia representativa, con estructuras y procesos políticos jerárquicos o asimétricos, requiere concentración de poder en las autoridades que gobiernan.

Los pesos y contrapesos son esenciales para la democracia. Pero también lo son el poder, la autoridad y la capacidad de gobierno. Al final, se trata de un balance delicado que las redes sociales han contribuido a trastocar.

Las redes constituyen un espacio iconoclasta, incluso “subversivo” o “insurgente”, frente a las instituciones tradicionales y los poderes establecidos. Es un espacio que choca con las estructuras verticales de poder, incluidas las de la democracia representativa.

Estamos así ante una paradoja. Con todas sus imperfecciones, las redes constituyen un espacio abierto y democrático. Sin embargo, no todas sus dinámicas y consecuencias apuntalan las instituciones de la democracia. No, al menos, de la democracia como hasta hoy la conocemos.