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El Gobierno de Trump ha endurecido más las restricciones para obtener visas y entrar a EE.UU., en medio de un récord de deportaciones

Hace años, la actriz María Victoria filmó en España una película donde interpretaba a una monja bastante peculiar. El estribillo de su tema principal decía:

“Creo en vos, arquitecto ingeniero,
artesano, carpintero, albañil y armador.
Creo en vos, constructor del pensamiento,
de la música y del viento, de la paz y del amor”.

Traigo esto a colación porque, hace unos días, mi familia vivió una situación que me obligó a cuestionarme: ¿por qué ya no nos atrevemos a creer?

Resulta que a “Sebas”, mi sobrino pequeño, los Reyes Magos le trajeron una bicicleta. Mi cuñado solía llevarlo a un parque cercano para que estrenara su regalo y, en esas jornadas de juego, el niño se hizo amigo de una pequeña, hija de una trabajadora de la zona.

Cierto día, una urgencia obligó a mi cuñado a volver a la oficina. En el apremio, decidió dejarle la bicicleta “prestada” a la niña mientras resolvía el pendiente.

Sí, acertaron, amigas y amigos: cuando regresaron al parque, ni la niña, ni la madre, ni la bicicleta estaban por ningún lado. El drama, como era de esperarse, estalló. Mi hermana estaba más que furiosa y mi sobrino, desconsolado, reclamaba su juguete.

En casa ya dábamos por perdida la bicicleta, pero aquí es donde ocurrió el “milagro”. Mi cuñado y Sebas regresaron al punto donde habían encargado el juguete y, para sorpresa de todos, allí estaban ellas. La señora y su hija entregaron la bicicleta de vuelta, intacta.

Tras el incidente, me puse a reflexionar en mi desordenada cabeza: ¿Qué nos pasó? ¿Por qué dejamos de decir “creo en ti”? ¿En qué momento dejamos de confiar en nosotros como sociedad?

Mi conclusión —muy personal, por supuesto— es que dejamos de creer porque dejamos de cumplir.

Como ciudadanos de a pie, nos hemos relajado en nuestras obligaciones: evadimos responsabilidades y perdimos el respeto por las figuras de autoridad. Por otro lado, la desconfianza hacia las instituciones y la dudosa efectividad de la gestión pública —especialmente en seguridad— nos han programado para esperar siempre lo peor; por eso dudamos del regreso de la bicicleta.

Dejamos de confiar en que el servicio público trabaja para todos, y no solo para un grupo, un proyecto o una ideología.
Sin embargo, en este mar de desconfianza, surgen gestos como el de aquella mujer. Ella devolvió la bicicleta porque era su obligación, porque era lo correcto, porque era lo que se tenía que hacer. CREO firmemente que, si cada uno de nosotros hiciera simplemente lo que le toca, recompondríamos el tejido social mucho mejor y más rápido que con cualquier programa social.

EN EL TINTERO

Quien resultó un aliado inesperado para la 4T es el presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Con su retórica sobre posibles acciones militares contra los cárteles en territorio mexicano, les ha dado el combustible perfecto a los “patrioteros” oficialistas para envolverse en la bandera. Una distracción ideal para echar tierra sobre temas urgentes como la inseguridad desbordada, el huachicol y una economía que no termina de cuajar.

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