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Por Laura Garza

El virus sigue y la vida también, porque han comenzaron a abrirse más espacios comerciales, deportivos y de entretenimiento para todos, pero entonces solo nos queda el aprender qué hacer con el miedo a contagiarse en las calles del COVID-19.

Es más, hablar del COVID-19 es sentir el peso de cada uno de los días que llevamos cuidándonos, al menos los que lo hemos hecho, y que en unos diez días cumpliremos los primeros seis meses de pasar casi todo el tiempo en casa.

Seguimos viendo fotos de todo, de quienes usan y quienes no usan protección en el rostro, ahora vemos más gente en las playas, los restaurantes se mantienen abiertos, las iglesias también se las han ingeniado para transmitir por redes y recibir a unos cuantos en su interior.

Las fiestas o reuniones, no han tenido tanto descanso, sin embargo ahora es más común ver en nuestras propias redes sociales las pequeñas reuniones entre familiares los fines de semana.

Todo parece que comienza a abrirse y nos queda acostumbrarnos a lavarnos las manos, a no tocarnos, a cubrirnos la boca, a cargar con gel antibacterial, a sanitizarnos a donde lleguemos, a quitarnos los zapatos antes de entrar a casa y mantenernos alertas en temas de salud.

Como decía en un inicio, la vida sigue y habrá que aprender a sobrellevarla.

Por eso la foto que hoy le comparto, que es de una de mis fotoperiodistas mexicanas favoritas por su incansable energía de querer capturar lo que pasa alrededor de la noticia.

Andrea Murcia hace bien su trabajo de documentar de manera correcta con el fin de informar, pero hay que destacar que tiene el buen ojo de buscar “el color” de la nota: la gente, los humores y el arte visual que muchas veces emanan en su contorno.

¿Qué hacemos con el miedo? - covid-19-pandemia-nueva-normalidad
Foto: Andrea Murcia / Instagram/ @usagii_ko

Este retrato es un ejemplo de ello, es tan atemporal que podemos ubicarlo en marzo, mayo o septiembre. Es tan profundo que nos revela nuestras propias carencias frente a la pandemia, la penuria social y humana que hemos descubierto ante quien no puede dejar las calles porque de allí llevan el alimento a casa.

La insuficiente capacidad por parte de las autoridades para distribuir cubrebocas a quien no tiene, tanto a la sociedad como al personal médico.

En la imagen no viene descripción del nombre del señor, pero yo le nombraré don Raúl, para hablar de él como si lo conociera, porque la fotografía acerca y cuenta una historia gracias a nuestro poder de interpretarla.

Don Raúl salió de su casa, con un cubrebocas pero con miedo, con ese terror de quien tiene más de sesenta años y es considerado un sector de la población vulnerable, porque “se dice” que si les da el virus, tienen mucho más probabilidades de morir.

Pensaría yo ¿y quién se quiere morir?, quizá don Raúl no quiera porque es el jefe de familia, porque tiene a su cargo a su mujer, tal vez a uno que otro hijo que sigue en casa y si es uno de los tantos casos en donde las nueras y nietos viven en la misma casa, su peso es mayor.

Seguramente don Raúl tomó el cubrebocas que en su casa le dieron, pero que nadie le explicó claramente cómo debía ponérselo, entonces decidió cargarlo allí debajo de la boca, por el calor y la poca capacidad de respirar. Pero como su miedo es más fuerte, decidió tomar un galón de plástico de la basura y cortarlo para hacerse una especie de casco protector.

Como si fuera de otra galaxia, de una en donde la creatividad siempre ha sido el elemento crucial para sobrevivir, porque simplemente no hay dinero para hacerlo más fácil o menos llamativo.

Entonces aquí es donde subrayo la penuria social que la pandemia nos ha expuesto a todos, porque al final de cuentas, quienes llegan al gobierno o a los centros de salud son ciudadanos como todos.

Don Raúl, se cercioró de poder respirar y poder ver a través del galón; seguramente tiene más calor que si solo portara el cubrebocas de manera correcta, pero no lo sabe y así se siente más seguro.

Hoy a casi seis meses de buscar opciones para adaptarnos y vivir nuestra normalidad de una manera distinta, de poder ir a restaurantes, cafés, centros comerciales, gimnasios, parques, u oficinas, los niños y la gente adulta sigue en casa.

Una gran parte de la ciudad y la economía, sigue detenida, porque aún no estamos preparados para saber qué hacer con el miedo, y don Raúl y su cápsula esférica es un ejemplo de ello.