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Estamos en un momento donde muchas noticias se pasan de largo sin que logren nuestra atención ante la razón obvia de estar al pendiente de las consecuencias de los sismos de este mes de septiembre.

Sin embargo, hay situaciones críticas que no se atribuyen a la naturaleza, sino a la mano del hombre, que nos deberían preocupar aun a la distancia de un país lejano.

A pesar de la distancia, España nos implica una identificación cultural muy marcada. Y aun si quisiéramos ver ese país como una tierra lejana, es la amenaza populista la que nos debe jalar para poner atención a la alerta que suena en esa nación europea este fin de semana.

En Cataluña, esta comunidad autónoma española, un marcado grupo con intereses bien identificados ha llevado por arriba de cualquier planteamiento legal la idea de llevar a cabo este domingo un referéndum para definir su independencia de España.

Nos resulta imposible ponernos en los zapatos de los catalanes que defienden su independencia. La discusión de los argumentos a favor y en contra de esta secesión ha merecido una discusión histórica en España y no por conocer Las Ramblas estamos calificados para ello. No pretendamos, pues, desde esta distancia tomar partido, así tengamos sangre catalana, vasca o asturiana.

Lo que debemos seguir con lupa es cómo, en una nación donde hay ciudadanos tan enojados con su clase política, descontentos con su condición económica y molestos con su realidad cotidiana, son presa fácil de grupos políticos que encuentran ventanas de oportunidad para obtener beneficios personales a través de azuzar a esos ciudadanos enojados.

Los catalanes, que ahora mismo están enfadados y que saldrán a votar este domingo por su independencia, pueden no darse cuenta de que han sido objeto de manipulación. Que alguien notó su enojo y le sacó provecho.

Son pocos aquellos proindependencia que hoy entienden el daño que se van a autoinfligir si pudiera prosperar esta posibilidad. Porque la mayoría cree que sólo implicará enarbolar la cuatribarrada, olvidarse del castellano, pero quedarse con el euro, los recursos fiscales y hasta la liga de futbol.

Esos ciudadanos enojados y mal informados son carne de cañón del populismo, que en el caso catalán ha recurrido a la violación de las leyes para poner al borde de una crisis mayor a España, justo cuando se levanta de una terrible crisis económica.

Es la misma raíz populista que llevó a una mayoría de británicos a decidir su salida de la Unión Europea, o aquellos estadounidenses que con ese mismo enojo social encumbraron a la presidencia a alguien tan impresentable como Donald Trump.

Esa es la enseñanza que nos tiene que dejar la aberración que plantea el presidente del gobierno regional de Cataluña, Carles Puigdemont, y organizaciones que le acompañan en la comisión de este delito.

Es tan absurdo el intento independentista en marcha que ni siquiera los sensibles mercados lo han tomado en serio. Sin embargo, se trata de un esfuerzo desestabilizador que puede pasar del ilegal referéndum a la manifestación violenta.

Al gobierno mexicano le toca señalar con toda contundencia que estamos del lado de una España unida, sin intentos ilegales de ruptura.

Y a todos nos toca detener a tiempo los peligrosos populismos que parecen inofensivos y hasta atractivos pero que pueden acabar como lo que hoy vive Venezuela y como lo que España enfrenta este fin de semana.