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Hay al menos cinco Revoluciones mexicanas.

Una es la de los hechos históricos, que arrancan con la convocatoria a la rebelión de Francisco I. Madero en 1910 y terminan con la definición de la guerra civil en 1915 y con la firma de la Constitución mexicana en 1917.

Las siguientes Revoluciones mexicanas son versiones interesadas de los gobiernos posrevolucionarios en busca de legitimidad histórica.

Estas versiones alcanzan un primer clímax populista, nacionalista y estatista durante el gobierno de Lázaro Cárdenas, en los años 30 del siglo XX. Es la segunda Revolución mexicana.

Al cardenismo sigue el clímax institucional, moderado, anticomunista y procapitalista de los gobiernos de la II Guerra Mundial y el inicio de la guerra fría. Estos gobiernos dan forma a la tercera Revolución mexicana, la que funda al PRI y desata la industrialización del país.

La cuarta Revolución mexicana se construye a partir de los años 60, bajo la urgencia de una nueva legitimidad. Es la madre de lo que conocemos como “nacionalismo revolucionario”.

Incluye un nuevo estatismo energético (nacionalización de la industria eléctrica, “perfeccionamiento del monopolio petrolero”), un nuevo nacionalismo histórico (el libro de  texto gratuito, el Museo Nacional de Antropología), una nueva idea de unidad nacional en el contexto de un gobierno de izquierda “dentro de la Constitución” y una política exterior de talante independiente ante Washington. Es el clímax del PRI hegemónico: popular pero capitalista, anticomunista pero procubano, laico pero no jacobino, estatista pero no dictatorial, proteccionista y proempresarial, a la vez que obrerista, campesinista e indigenista.

La quinta Revolución mexicana es la del expansionismo estatal y el gasto público en los años 70, buscando una cura a la crisis del 68. Esa expansión produce en 1982, a un tiempo, la quiebra de la economía estatal y del “priismo histórico”.

Ahí termina realmente toda posibilidad de regresar a la Revolución mexicana como fuente de legitimidad. Ahí empieza el camino hacia el neoliberalismo y la democracia.

La Revolución mexicana no está ya en el discurso de nadie, pero su sustitución por los paradigmas democráticos y neoliberales de las últimas décadas ha sido muy pobre. Puede volver a darle, en la cabeza y los sentimientos de muchos, el rango de un edén perdido al que hay que regresar.

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