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Para lo compleja, disfuncional y conflictiva que ha sido la relación histórica y actual México-Estados Unidos, Andrés Manuel López Obrador nada tendrá que lamentar de su riesgoso encuentro con el corrosivo Donald Trump.

Las omisiones y elogios inmerecidos del visitante y las aviesas mentiras del anfitrión subyacen, pero debe reconocérseles a los dos haber hablado con mesura y formal respeto, aunque inevitable, previsiblemente, el presidente de México y sus gobernados y paisanos migrantes continuaremos expuestos a las impulsivas ofensas y puñaladas traperas del estadunidense.

El éxito de la reunión sería inexplicable sin las previsiones que tomaron los equipos presidenciales, sobre todo el secretario Marcelo Ebrard y su equipo de primera en la embajada y la cancillería, cuyo trabajo se antoja de filigrana.

Sobresale que se haya conseguido acotar la característica espontaneidad de los mandatarios cuando tienen público y que se hayan circunscrito a leer textos, mucho mejor el de López Obrador por estar muy bien elaborado, de no ser por la falsedad de que Trump nunca ha tratado de imponernos nada.

En su alocución, López Obrador hizo remembranzas clave de Lincoln-Juárez y Cárdenas-Roosevelt, y rescató datos que evidencian la importancia del acuerdo trilateral. No eludió los irritantes vaivenes de la relación binacional, pero lo más conveniente, subrayó, es afianzar los vínculos a partir de las coincidencias esenciales.

Con amable hipocresía, Trump tuvo el detalle de recibirlo en el dintel, pero cometió la leperada de ingresar primero. Descarado, afirmó que los mexicanos somos a todo dar después de habernos endilgado ser “asesinos y violadores”. Aseguró tratarnos con más respeto que sus predecesores y que la relación binacional es buena, siendo que es el primero en torpedearla. Ni una palabra de su decisión (frenada por la Suprema Corte de Justicia estadunidense) de poner fin a la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia y consecuente expulsión de casi 700 mil dreamers, en su mayoría mexicanos; no reflejó sus amenazas y chantajes para que México le contuviera el flujo migratorio y olvidó el amago de imponer aranceles, así como la advertencia que guarda en la hielera de considerar “terroristas” a las narcobandas mexicanas (lo que implica sus ganas de intervenir en México inclusive para cometer asesinatos).

Al viajar como hijo de vecino y acatar (no tenía opción) las reglas contra la epidemia, AMLO reforzó su imagen de austeridad. Evitó mezclarse en la política local, visitó los monumentos de dos estadistas emblemáticos y, con sus invitados de la iniciativa privada a la cena, enfatizó el carácter económico de su visita, pero cometió la descortesía de no incluir a uno siquiera de quienes, como el respetuoso y prudente Carlos Salazar (cabeza del Consejo Coordinador Empresarial) se fletaron tres años en “el cuarto de al lado” para sacar adelante el tratado que lo motivó a viajar.Reprochable, que elogiara inmerecidamente al bravucón.