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México deberá mirar mucho más hacia el Sur-Sureste en el próximo sexenio. En esa zona se localizarán algunos de los principales proyectos de la administración de AMLO: el Tren Maya, la refinería de Dos Bocas y el corredor transístmico. Además, a esa parte del país se mudarán muchas de las dependencias federales: Turismo, Energía, Sedesol, Pemex, CFE y Conagua, entre otras.

Mirar hacia el Sur-Sureste es un asunto de justicia social, pero también puede ser una cuestión de eficiencia económica. Si se ejecutan bien los proyectos que se han anunciado, se podría detonar el desarrollo de una parte del país donde viven 34 millones de personas que tienen, en promedio, un PIB per cápita que es apenas un tercio del que tienen Nuevo León o la Ciudad de México.

¿Es más rentable apostar por el Sur que por las zonas más ricas del país? Es claro que Monterrey, Aguascalientes o la Ciudad de México tienen más capacidad para multiplicar una inversión de 10,000 millones de pesos que otras ciudades ubicadas en zonas menos desarrolladas, si la forma en que medimos esta “multiplicación” es meramente económica. En las ciudades más ricas el ecosistema económico funciona mejor que en las zonas más pobres del país: hay un tejido empresarial más denso, mercados más desarrollados, capital humano más calificado e infraestructura de mejor calidad. Todo esto se combina, a veces, para producir un círculo virtuoso.

¿Qué pasa con el Sur-Sureste? La valoración cambia cuando hablamos de rentabilidad social. En las regiones menos desarrolladas, la inversión pública (y privada) se nota más. Cuando se ejecuta bien, produce tasas de crecimiento más elevadas  porque el punto de partida se encuentra  en un nivel más bajo.  La misma cantidad invertida tiene un mayor impacto en la reducción de la pobreza, porque hay una mayor proporción de personas en situación de pobreza.

¿Cómo hacerlo bien? La pregunta es relevante porque México lleva años invirtiendo fuertes sumas en el Sur-Sureste, sin haber logrado hacer una diferencia significativa. La brecha entre el Sur y el Norte  se ha ensanchado en las últimas dos décadas.

¿Qué diagnóstico(s) se está utilizando para diseñar la estrategia de desarrollo del Sur-Sureste? El próximo presidente ha mostrado un interés sin precedente para atender esa zona del país y ha anunciado una serie de acciones de impacto, pero ha sido poco comunicativo en lo que se refiere a su evaluación de lo que hasta ahora se ha hecho. ¿Qué piensa hacer con los programas de Sagarpa y Sedesol en estas regiones? ¿Qué evaluación hace de las obras de infraestructura y de las acciones de Turismo? ¿Utilizará los trabajos del Coneval?

En este universo de entes con futuro incierto se encuentran las Zonas Económicas Especiales (ZEE). Con ellas se puso en marcha una manera diferente de abordar el rezago económico y social de algunas regiones del país. No sabemos qué pasará con ellas ni tampoco tenemos una idea sobre si el equipo del próximo gobierno piensa que son compatibles con el ambicioso plan de AMLO para el Sur-Sureste.

El próximo presidente se ha pronunciado a favor de las ZEE, pero ha sido parco. En un sentido estricto, más bien podemos decir que no se ha expresado en contra. El problema con estas respuestas minimalistas es que las zonas siguen en etapa de promoción. Su desarrollo pleno requiere un compromiso claro y entusiasta del próximo gobierno, porque son proyectos de maduración muy lenta. Es obvio que AMLO no está obligado a adoptar este pet project, que nació en la oficina de Videgaray, pero sí es necesario que diga con claridad qué pasará con ellas. Hay mucho dinero en juego.

Cancelar o impulsar. Ése es el dilema de López Obrador y su equipo. Entre más rápido se anuncie, mejor para todos.