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Mientras el entonces presidente Obama preguntaba por Twitter dónde estarían los normalistas desaparecidos entre el 26 y el 27 de septiembre de 2014, las agencias estadounidenses (la DEA sobre todo) ya lo sabían, mediante la intercepción de mensajes entre los Guerreros Unidos de Iguala y sus compinches en Chicago: habían sido “enviados a San Pedro”.

Los asesinaron. Punto.

Casi tres años y siete meses después del crimen tumultuario y gracias a una infidencia perfectamente aprovechada por el reportero Roberto Zamarripa, lejos de desmoronarse la incómoda “verdad histórica”, esta se corrobora.

Lo que se volvió pinole son las patrañas y supercherías cacareadas por quienes intentan explotar como “crimen de Estado” una miserable atrocidad a manos de vulgares homicidas.

“Paquetes” es la palabra con que se aludía a los muchachos en Iguala y en Chicago. Según el brazo externo, eran como 60, número coincidente con las primeras versiones hasta que aparecieron los 17 que pudieron esconderse.

Lo menos que ahora deben hacer los padres de Los 43 y sus apoyadores es disculparse con Jesús Murillo Karam.

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