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Empiezo a leer el segundo tomo de la biografía de Carlos Tello Díaz sobre su tatarabuelo, Porfirio Díaz, escollo, enigma y encarnación de toda una época de la historia de México.

Creo, por lo que llevo leído, y por la lectura del primer volumen, que estamos frente a la biografía más ambiciosa, profesional y desafiante que se haya emprendido nunca en nuestro país.

Imposible hablar del último siglo y medio de la historia de México sin que se cruce en el relato Porfirio Díaz.

Imposible pensar la Reforma, la Intervención y el Imperio, las décadas de paz que siguieron y la Revolución mexicana de 1910 sin poner en el centro a Porfirio Díaz, uno de los grandes personajes y a la vez uno de los grandes villanos de nuestra historia.

La sola contradicción entre la importancia del personaje y el veredicto oscuro que pesa sobre su figura, indica el desarreglo de nuestra memoria.

Un personaje central de nuestra historia es a la vez uno de sus centrales villanos. Como Hernán Cortés. Como Agustín de Iturbide. Diría Gil Gamés: Todo es muy raro, necesitamos un psiquiatra (una).

No sé cómo hemos construido los mexicanos una historia nacional en la que los personajes centrales tienden a ser villanos centrales .

Es nuestra especialidad psicoanalítica.

Lo que ha hecho, lo que está haciendo, Carlos Tello Díaz, es todo lo contrario. Es lo que hizo antes José Luis Martínez con Hernán Cortés: devolvernos al personaje real que fue central en nuestra historia.

Volver a la historia, darnos la oportunidad de curarnos de nuestros fantasmas. Restituir a la memoria del país real, el Porfirio Díaz real. Empatar los hechos con los hechos, despejar nuestros fantasmas.

El segundo tomo de esta biografía: Porfirio Díaz. Su vida y su tiempo. La ambición, 1867-1884 (Random House, Debate, 2018) es algo más que un libro, es la oportunidad de curarse de la mitología nacional.

Pocos, si algunos, tomarán la receta, porque nuestra historia patria está dominada por el reflejo de villanizar, entre otros, a Díaz.

Pero la tarea biográfica que ha emprendido Tello tendría que dar sus frutos en los tiempos largos de la historia, ayudando a curar y completar nuestra memoria con el brebaje insuperable de la realidad.