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Con la inmensa popularidad que presume el gobierno, resulta inconcebible que haya apuestas por la salida de la señora Presidenta Sheinbaum.

Más extraño, por decir lo menos, es que la gente no haya salido a las calles, a los medios de comunicación, a las plazas públicas, a las universidades, incluso a las sedes de su partido político, a defenderla de los ataques, groseros, del mandatario estadounidense.

Calificarla como una buena mujer que no gobierna, que no controla a los criminales, es una ofensa inaceptable que ha recibido demasiado silencio de la sociedad como respuesta.

¿Por qué?

A todo esto, no es menor, debe agregarse la gran cantidad de ofensas públicas en sectores de la sociedad, incluso en conversaciones grabadas entre personajes que ostentan las siglas del partido en el poder.

Los cuestionamientos serios, también los del insulto gratuito y feroz, durante sus conferencias de prensa no tienen, como respuesta, en contraste, sino el discurso débil de sus fariseos en ese mismo espacio. De donde la mandataria parece flotar entre cuestionamientos y alabanzas, sin encontrar el punto de equilibrio que permita identificarse, acercarse, estrechar cualquier rasgo de empatía con ella.

Parecería, además, que hay un desfase entre la realidad y sus tiempos. Valga el ejemplo del descarrilamiento del tren del que ella aceptó su conocimiento horas después, cuando las redes sociales, los medios de comunicación ya mostraban el horror, la magnitud de la tragedia. ¿Cómo aceptar que ella no fuese informada de inmediato si los heridos, los cadáveres, los testimonios de las víctimas ya estaban en manos de comunicadores? Oficialmente la narrativa insistía en un “evento”, pero ella no debía, no tenía por qué quedarse en silencio ante una verdad incuestionable, pública.

Otro tanto pasa con las respuestas a las declaraciones de funcionarios de Estados Unidos, a las publicaciones en medios de ese país. Sus respuestas evaden lo que millones de mexicanos asumen, con temor, como una verdad. No son temas partidistas o asuntos inventados por periodistas “enemigos de la Cuarta Transformación”, son hechos tan incontrovertibles como el aviso de la NOTAM, organización norteamericana, advirtiendo precaución al volar sobre nuestro espacio aéreo. Justo como hicieron en Venezuela antes de su invasión.

O, también de efecto tremendista, la aceptación el viernes pasado de que “se les solicita algún equipo de vigilancia… información, inteligencia”. O sea, traducción tremenda, que necesitamos el apoyo norteamericano en el combate nacional al crimen organizado. Que ofensa para las Fuerzas Armadas, para el mismo Harfuch, afirmar que no tenemos suficiente capacidad de investigación, de inteligencia.

Todo esto, tanto más, no ayuda a fortalecer su papel en este tiempo tan convulso y peligroso para la Nación.

¿Por qué no podemos querer más a la señora Presidenta? ¿Podría ser un tema de género? Tal vez parte de la herencia de confrontación de su antecesor, esa división del universo entre los buenos partidarios de MORENA, de su gobierno, y los villanos, enemigos que serían (seríamos) todos los demás.

Lo cierto es que ella merecería mayor sustento social, mayor traducción de la popularidad que debería tener entre los receptores de apoyos oficiales. Incluso entre sus colaboradores, sus compañeros de partido, sus gobernadores, senadores, diputados.

Cuánto ayudaría un cambio en la errónea política de comunicación social. De qué manera ayudaría, del verbo ayudar, un llamado a la sociedad a partir de aceptar los riesgos que vivimos, la confrontación que ella debe padecer.

De igual manera cuanto, en verdad cuanto apoyaría a su gobierno, a su persona, ordenar la detención de tantos personajes impresentables, señalados con pruebas, acusados de viva voz, que hoy parecen ser sus beneficiarios, cuya impunidad debilita su hacer, su decir, y, sobre todo, su imagen.