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Al fin, después de varios retrasos, la tarde de este 4 de marzo llegó a la Cámara de Diputados la iniciativa de reforma electoral de la presidenta Sheinbaum y, con ella, se pone sobre la mesa una sacudida a esa figura tan incomprendida como necesaria: el diputado plurinominal.

Hace décadas, allá por 1977, la lógica de los “pluris” no era solamente darle voz a las minorías. El espíritu de la reforma buscaba inyectarle neuronas al Congreso. Se trataba de abrir la puerta a perfiles técnicos —economistas, constitucionalistas, especialistas en política pública— que difícilmente ganarían una campaña bajo el sol, estrechando manos en un mercado, pero que resultaban brillantes arrastrando el lápiz en las comisiones. Eran los técnicos de escritorio necesarios para que las leyes no fueran ocurrencias, sino documentos sólidos.

Sin embargo, como ese espíritu nunca quedó en la letra explícita de la ley, terminó por diluirse. Las listas plurinominales dejaron de ser un semillero de talento técnico y se convirtieron, en demasiados casos, en instrumentos para pagar favores, premiar lealtades o proteger, bajo el manto del fuero, a personajes impresentables.

Ahora bien, si de verdad la presidenta y la 4T están preocupadas por cómo se eligen los diputados plurinominales, aquí va una propuesta para ordenar este desorden:

Cada partido podría presentar listas integradas exclusivamente por especialistas acreditados en economía, ciencia, educación, seguridad y Derecho. Perfiles con trayectoria verificable, producción académica o experiencia técnica probada. ¿Se imaginan tener a un Agustín Carstens, un José Antonio Meade o un Lorenzo Córdova proponiendo y revisando leyes desde la técnica y no desde la arenga?

Pero vayamos más lejos. Si realmente se quiere evitar la sobrerrepresentación y garantizar que los plurinominales cumplan su función de representar a las minorías, establezcamos una regla simple: si un partido obtiene, por ejemplo, 40% o más de los distritos de mayoría relativa, no tendría acceso a diputaciones plurinominales. Esos espacios se redistribuirían entre las demás fuerzas políticas. Así de claro. Así de directo.

Y ahora sí, vayamos al grano de este desorden:
¿El sistema electoral mexicano funciona? Sí.

¿Puede perfeccionarse? Claro que sí.

¿Es este el momento adecuado para meterle mano? No.

No, porque estamos a nada de que arranque el proceso electoral y cuando la política corre, la técnica tropieza.

No, porque una reforma electoral no puede ser traje a la medida del que hoy gobierna ni ajuste exprés para la próxima elección.

No, porque cambiar las reglas del juego cuando el silbatazo está por sonar siempre huele mal, aunque lo disfracen.

En política nadie reforma lo que le funciona… salvo que intuya que pronto podría dejar de funcionarle.

Y entonces sí, de pronto, la democracia “necesita ajustes urgentes”.

¡Qué casualidad!

En el tintero
¿Sobrevivirá la alianza Morena-PVEM-PT? Lo dudo. Las alianzas que nacen por conveniencia suelen durar lo que dura la conveniencia. Después, cada quien jala agua para su molino… y que el elector se las arregle.

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