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La Ciudad de México, ese conglomerado urbano donde todo es posible –menos llegar a tiempo, sufre una plaga moderna que no aparece en los directorios de fumigación, ni en los comunicados de Protección Civil: los motociclistas. No todos, pero si los suficientes como para que el claxón se haya convertido en una extensión del sistema nervioso del automovilista.

El motociclista chilango es un ser siempre apurado. No importa si son las seis de la mañana o las once de la noche, si llueve, tiembla o es día festivo: él lleva prisa. ¿A dónde? No lo sabemos. Tal vez a salvar al mundo; tal vez a entregar una hamburguesa tibia; tal vez, simplemente, a demostrar que el reglamento de tránsito es una obra de ficción.

Surgen de la nada. Del punto ciego del espejo retrovisor —ese agujero negro legalmente reconocido, aparece de pronto una moto con dos personas, tres mochilas y, con suerte, un casco que parece más decorativo que protector. Y ay de ti, automovilista ingenuo, si osas tocar el claxón o levantar la ceja: recibirás una lluvia de insultos creativos, retos viriles y miradas asesinas. Porque el motociclista joven no dialoga: confronta.

En los altos y congestionamientos pasan entre los autos a baja velocidad, con ansias de adelantarse a todos, en ese afán rozan espejos, rayan puertas, golpean defensas con pedales y manubrios. El automovilista casi nunca se da cuenta en el momento, lo descubre después, en casa, cuando ve el rayón y se pregunta qué pecado cometió en otra vida. No hay testigos. No hay responsables. Solo la certeza de que una moto pasó por ahí.

Mención especial merecen los repartidores de comida, esos héroes explotados del capitalismo digital. Van más rápido, más furiosos y más desesperados. Los dueños de las aplicaciones —perdón, las plataformas— los llaman “socios”, palabra mágica que significa: sin seguro, sin prestaciones y con la culpa de llegar tarde. Ellos sí tienen prisa, porque cada minuto cuesta dinero, estrellas en la app y, probablemente, renta y/o alimentación familiar. Pero eso no justifica circular sin casco, en sentido contrario o creyéndose inmortales.

No obstante, ahí no termina la fauna urbana. A la plaga de motociclistas se suma la de los ciclistas, esa especie protegida por el pensamiento progresista y el discurso ecológico. Por supuesto que la intención es buena. Que se use la bicicleta es deseable, sano y moderno. El problema es cómo se hace en esta ciudad surrealista donde nada tiene continuidad, ni siquiera el sentido común.

Los carriles para ciclistas aparecen y desaparecen. En una calle existen, en la siguiente se esfuman y el ciclista queda abandonado a su suerte, como si acabara de entrar a un universo paralelo convertido en estacionamiento. Otra cosa, en los mentados carriles reservados a las bicis, que pasan de vez en cuando, los autos no pueden invadirlos aunque estén vacíos. El resultado: caos. El tránsito se vuelve más lento, más espeso, más chilango. Algunos ciclistas, además, circulan por las banquetas -ese espacio originalmente diseñado para peatones, esos seres olvidados- y otros van en sentido contrario, por qué ¿por qué no? La ley es una sugerencia y el semáforo, una opinión.

Y cuidado si ocurre un accidente. Si por imprudencia del motociclista o del ciclista un automovilista lo atropella, pobre del conductor. No importa si iba en regla a 20 kilómetros por hora: será culpable en automático. En segundos aparecen más motos, más bicis, más testigos improvisados. Rodean al auto, golpean, gritan, amenazan. La justicia es colectiva, instantánea y emocional.

Así, entre motos suicidas, bicis desorientadas y automovilistas culpables por default, la Ciudad de México sigue avanzando —lentamente— hacia un futuro donde todos tenemos razón y nadie respeta nada. La plaga no está en las ruedas, sino en la falta de reglas claras, autoridad real y educación vial.

Punto final

-¿Cómo te has portado este año?

– Le escribí a Santa Claus y me bloqueó.