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En las protestas para exigir justicia y seguridad frente a la violencia, y repudiar la impunidad y la corrupción, se siguen cometiendo barbaridades. Actos excesivos que, por confusión, corrección política o cobardía, prácticamente nadie prefiere denunciar.

En nombre del dolor colectivo se justifican de facto temibles violaciones a la dignidad y los derechos de cada vez más personas. Es monstruosa la arrogancia con la que al grito de “todos somos Ayotzinapa”, los “indignados” se multiplican para humillar a seres humanos. Policías quemados, ciudadanos rehenes de devaneos pretendidamente justicieros, noches de cristales rotos.

Uno pensaría que después de los hechos del sábado, alguien soltaría un “Ya basta” con fuerza expresiva. Qué va. Lo de hoy es doblar las rodillas, inclinarse y hermanarse con la canalla. No vaya a ser que lo acusen de simpatizar con el “crimen de Estado del 26 de septiembre”.

Queda para el registro de la CNDH y demás comisiones, de las autoridades y las conciencias críticas, que el sábado tres mujeres y nueve hombres fueron amarrados y exhibidos por horas en una manifestación por los 43 desaparecidos. Les colgaron en el pecho inquisitoriales letreros. Fueron paseados como perros por ser ¡falsos activistas!

Queda para el registro que integrantes del Movimiento Popular Guerrerense retuvieron día y medio a un diputado local, y solo lo soltaron el sábado cuando se humilló y firmó que renunciaba al cargo.

A los 12 perros y al diputado les robaron sus pertenencias. Pero es que “la gente está muy enojada”.

Diciembre de 2014: el ultraje tiene permiso.