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La informalidad laboral sigue estando por arriba de la mitad de la población económica activa en México. 54.8 por ciento para ser precisos, de acuerdo con los indicadores más recientes del INEGI, lo cual representa medio punto porcentual más que en 2025.

En oposición, la tasa de ocupación formal no ha crecido, se encuentra estancada.

Si bien la tasa de desempleo en el país sigue baja, con 2.6 por ciento de la población económicamente activa, el truco está en que muchas de las personas se están yendo a la informalidad.

Y en la informalidad, además de que no se cotiza en sistemas de seguridad social, tampoco se generan impuestos por el trabajo, ni fondos de ahorro y, por supuesto, los ingresos pueden estar muy por debajo de lo que podría obtenerse en la economía informal.

Y a pesar de que la pobreza laboral bajó en el primer trimestre de 2026, según otros datos de INEGI, el ingreso sigue bajo.

La pobreza laboral mide el porcentaje de la población cuyo ingreso laboral per cápita es insuficiente para adquirir la canasta alimentaria.

Haciendo una cruza entre ambos indicadores, lo que podría advertirse es que, ante la falta de inversiones productivas y el bajo crecimiento de la economía, las personas se están enfocando en desarrollar actividades relacionadas con los servicios y el comercio informal que pueden o no generar ingresos suficientes, pero que no necesariamente son estables.

En muchos casos, gente que quedó desempleada por la baja en la actividad económica nacional se fue a la economía informal.

Pero hay otro indicador que debería preocupar: la población con edad y disponibilidad para trabajar creció en 622 mil 122 personas. Y no todos tuvieron oportunidad de encontrar empleo.

Las cifras son relevantes porque estamos ante un círculo vicioso en la economía en que la población que trabaja en la informalidad lo puede estar haciendo en condiciones precarias e inestables y esto impacta en la productividad laboral nacional.

Se requieren, por tanto, inversiones productivas que conduzcan a la generación de círculos virtuosos que impacten a la economía en su conjunto. De otro modo, como país seguiremos con muy bajos niveles de crecimiento, baja generación de empleo formal, baja captación fiscal y una derrama económica que necesita ser fortalecida.

Y fomentar inversiones productivas pasa, necesariamente, por crear las condiciones de certidumbre y seguridad jurídica para la inversión privada.

Un ejemplo: se insistió recientemente que la inversión extranjera en México creció, pero lo muchos de esos recursos en realidad son reinversiones. No se trata de inversiones nuevas.

Hay que tener claro que buena parte de la inversión nacional en internacional ha sido ahuyentada, sobre todo por políticas públicas que no dan seguridad jurídica, como la llamada reforma judicial que cada vez más demuestra sus deficiencias.

Cacarear que hay un bajo nivel de desempleo sólo esconde otra realidad: que existe una precariedad salarial, mala calidad en el empleo y una informalidad que en nada ayuda a fortalecer la economía en su conjunta, ni a tener finanzas públicas sólidas, que no se basen en la deuda para hacer frente a las enormes necesidades presupuestarias.

Sólo por dar una idea de la dimensión del ingreso: según los datos de INEGI, mientras una persona con empleo informal reportó un ingreso mensual de alrededor de 11 mil 150 pesos; una persona con empleo informal obtuvo alrededor de 7 mil 500 pesos.

Dirán que de lo perdido lo que aparezca, para justificar que más vale gente con ingreso que desempleada. La informalidad siempre ha sido una válvula que despresuriza, pero el costo es alto: no hay una economía sólida ni un crecimiento constante.