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La promesa del presidente Andrés Manuel López Obrador es que no habrá modificaciones fiscales durante los tres primeros años de su gobierno.

Esto sin tomar en cuenta la importante modificación tributaria que plantea para la frontera norte, donde disminuirán de manera drástica las tasas de los impuestos sobre la Renta y al Valor Agregado (IVA) .

Será pues en coincidencia con las elecciones intermedias cuando este gobierno empiece a hablar de una reforma fiscal y seguro buscará halagar a una amplia mayoría de contribuyentes, quizá a costo de un grupo reducido de ellos.

Salvo que esa modificación fiscal a los tres años sea pasando la renovación del Congreso y entonces plantee una regularización del cobro del IVA sin las exenciones actuales que tantos boquetes causa a los ingresos tributarios. Pero algo así no se ve previsible ni en el más salvaje de los sueños neoliberales.

Por lo pronto, el Paquete Económico para el 2019, con su ley de ingresos y su presupuesto de egresos, quedó en la frontera de lo bien visto por los mercados. Porque si bien parte de estimaciones optimistas, la realidad es que es un presupuesto factible pero sólo por ahora.

Está en la rayita del bien y del mal macroeconómico. Por lo tanto, el reto será mantener muy dinámicas las fuentes de ingreso para que soporten la enorme presión que seguramente significará el Paquete Económico del 2020.

Los programas asistencialistas del gobierno de López Obrador, que nutren el cumplimiento de sus promesas de campaña, tienen costos muy elevados que se incrementarán con el paso de los años. Son mecanismos de gasto con poca retribución al crecimiento. Por lo tanto, quedan del lado de los lastres presupuestales.

La agencia calificadora Moody’s ya levantó la ceja con la mayor asignación de recursos a Petróleos Mexicanos y a la Comisión Federal de Electricidad, porque es dinero que no se destina a su saneamiento sino a incrementar su futura necesidad de más recursos.

Vamos, la construcción de las refinerías será cara y es muy probable que en los años por venir requiera mayores transferencias que pongan en peligro la salud financiera nacional y de la empresa productiva del Estado, en este caso Pemex. Ahí está en peligro la calificación crediticia.

El Tren Maya cuenta con el aval de la madre naturaleza, pero no tiene la garantía de que las estimaciones presupuestales sean correctas. Y, con una subestimación en el costo de un proyecto al que el presidente le tiene tanto empeño, implicará que en los presupuestos por venir se asigne lo que sea que haga falta. Lo-que-sea.

Y ahí está el error de octubre. Nada será más costoso, desastroso financieramente y de triste memoria en el legado del presidente López Obrador que la cancelación del Nuevo Aeropuerto Internacional de México (NAIM).

De entrada, hoy se sigue construyendo el NAIM y ya se asignaron recursos para el imperante remplazo que quiere el presidente. Así que hoy se gasta innecesariamente en este tema.

Durante el 2019 iniciará la obra en Santa Lucía, se gastará en la remodelación del Benito Juárez y el de Toluca. Y al mismo tiempo la cancelación del NAIM costará mucho dinero, aunque lo nieguen.

Es un hecho, no alcanzará el dinero asignado en el presupuesto, ahí viene un foco rojo de endeudamiento. Y para el Paquete Económico del 2020 se asignará, me canso ganso, lo que se necesite.

Así que, si bien el Paquete Económico del 2019 pasó de panzazo el compromiso de estabilidad macroeconómica, difícilmente el Paquete Económico del año siguiente cumplirá con lo mismo tan fácilmente.