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Bajo la historia de oscuridades carcelarias que habían ganado para la cárcel de Lecumberri el mote de Palacio Negro, había un diseño arquitectónico limpio, hijo de la Razón.

La cárcel de Lecumberri fue construida, a fines del XIX, siguiendo la invención del panóptico de Jeremy Bentham: un edificio circular, donde todas las celdas fueran observables desde un mirador central.

Pensado para cárceles, el panóptico servía también para cualquier instalación donde la vigilancia fuera necesaria: hospitales, bibliotecas, escuelas.

Devuelto a su diseño original, el panóptico opresivo de Lecumberri podía volverse el panóptico ilustrado del Archivo General de la Nación. La reforma democrática del país necesitaba una declaración de intenciones de aquel tamaño.

Y así fue.

Mientras los convocados al cónclave de La Paz discutíamos y escribíamos nuestras respuestas intelectuales a la pregunta Historia, ¿para qué?, Alejandra Moreno Toscano daba su respuesta práctica a la pregunta que ella misma había planteado: dirigía la remodelación de Lecumberri para que se volviera el Archivo General de la Nación.

Era una respuesta congruente con la clase de historiadora que era Alejandra Moreno. Había aprendido de sus maestros franceses a ver los largos plazos de la historia, la manera como los acontecimientos explotan con rapidez pero se cocinan con lentitud, y no dejan nada atrás.

Bien visto, lo que pasó queda ahí, si no a la vista, atrás de lo que ve la vista. Todo puede volver a la superficie y ser un presente nuevo, tal como el Palacio Negro de Lecumberri se transformaba, bajo la mano de Alejandra, en el nuevo Archivo General de la Nación.

Yo tuve el privilegio de ser alumno de Alejandra Moreno Toscano y después su amigo toda la vida. Aprendí en el aula mucho de su larga mirada de la historia. Fui testigo después de cómo su conducción del Seminario de Historia Urbana, en el Departamento de Estudios Históricos del INAH, definió la ciudad como su universo apasionado de estudio.

Hablo de la Ciudad de México, pero también de La Ciudad en general, de la Polis, del espacio público en el que la historia deja su huella y donde todo acaba “hablando” historia.