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En respuesta a mis comentarios sobre la fragmentación política en la democracia mexicana, el historiador Ariel Rodríguez Kuri me ha escrito diciendo que mi preocupación disminuiría si, en lugar de buscar reformas al contrahecho presidencialismo mexicano, diéramos de una vez el salto a un régimen parlamentario.

Desde luego tiene razón. La fragmentación que acusan los partidos y las franquicias electorales en México son más propias de un régimen parlamentario que de uno presidencial, y se administrarían mejor bajo las reglas de aquel.

Para empezar, bajo un régimen parlamentario sería imposible tener gobiernos sin mayoría en el Congreso, debilidad sistemática, creciente, del presidencialismo mexicano.

La condición para erigir gobiernos en un régimen parlamentario es que haya una mayoría previa, negociada o ganada en las urnas, por parte de quienes van a gobernar.

Contra la fragmentación excesiva de los partidos, sin embargo, no hay defensa. Puede poner en jaque también al régimen parlamentario, como lo estamos viendo en España, donde, luego de una elección fracturada, nadie obtuvo ni ha podido negociar con los demás la mayoría necesaria.

Si yo pudiera escoger a mi gusto, escogería para México un régimen parlamentario. Pero ni yo ni nadie puede escoger a su gusto un cambio de régimen, asunto muy serio que no resulta del gusto sino de la imperiosa necesidad, normalmente después de grandes crisis políticas: dictaduras, guerras o revoluciones.

Si los intereses creados impiden reformar inteligentemente el régimen presidencial, imaginemos sus resistencias, y sus exigencias, ante el horizonte de un cambio completo de régimen.

Mi convicción es que la casa de la democracia mexicana está llena de agujeros, contrahechuras y perniciosas consecuencias no buscadas.

Creo que es menos difícil ir parchando, tapando y rehaciendo esa casa, que mudarse a otra. Para empezar, porque la casa está en movimiento y vamos todos metidos en ella. No es en realidad una casa, sino un tren, y hay que corregirlo mientras está en movimiento.

Un buen diagnóstico de lo que no funciona en el tren permitiría mejorarlo. Pero habría que empezar por admitir que el tren nos salió mal. Creo que no estamos todavía en actitud de revisar a fondo el tren. Nos ciegan, de un lado, la complacencia y la rutina, del otro, la impaciencia y el hartazgo.

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