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Me topo en mis archivos de MILENIO Diario con una viejísima columna publicada aquí mismo en el año 2007. Sostiene la increíble noticia de que el mundo en que vivimos ha mejorado sustantivamente.

Son datos anteriores a la crisis de 2008, que no fue tan apocalíptica como parecía y que, en esencia, me parece, no desmiente las tendencias históricas de mejoría de la vida humana contenidas en el libro The improving State of the World, firmado por Indur Goklany y publicado por el Cato Institute (http://www.elcato.org).

Son datos para documentar nuestro optimismo en este día lluvioso y nublado, un tanto depresivo, de la Ciudad de México:

La esperanza promedio de vida en el mundo ha pasado de 30 años en 1900, a 45 en 1940, a 69 en el año 2000.

En el mundo hay casi tantos pobres hoy (mil 300 millones) como había hace dos siglos, a principios del siglo XIX (mil 500 millones). Pero los pobres de hoy representan solo 22 por ciento de la población mundial mientras que los de 1800 representaban 85 por ciento.

La tasa de desnutrición en los países en desarrollo cayó de 37 por ciento en 1970 al 17 por ciento en 2001, a pesar de que la población en esos países aumentó en 83 por ciento.

La tasa de analfabetismo cayó también, de 46 por ciento en 1970 a 18 por ciento en los primeros años del siglo XXI.

Entre 1975 y 2002, el consumo de calorías mundial por cabeza subió de 2 mil 540 a 2 mil 863. La tasa de mortalidad infantil cayó de 44 a 17 por cada mil nacimientos. El porcentaje de inscritos en educación superior pasó de 9.4 a 22.8 por ciento.

El alegato esperanzador de Goklany se centra en combatir el pesimismo ecológico y demostrar que la mayor fuerza conservacionista es el desarrollo, no la inmovilización de las fuerzas productivas.

La riqueza acaba conservando más de lo que destruye en el mundo natural, dice Goklany, y lo prueba con sus cifras. Un mundo sin alta productividad es el peor escenario para la conservación y la restauración de la naturaleza.

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