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He dedicado la semana a tres epidemias acumuladas sobre el futuro de México: el bajo aprendizaje de nuestros jóvenes, las enfermedades producidas por lo que comemos, la desconfianza que gobierna a nuestra ciudadanía.

¿Qué hacer? No lo sé, no tengo las soluciones, solo unos comentarios.

Respecto del bachillerato:

Es escandaloso que la autoridad responsable se presente a darnos las peores noticias sobre lo que pasa en su sector, sin incluir en el informe su autocrítica ni precisar su parte de responsabilidad en lo que sucede. La crítica del sector educativo se ha centrado en las deformidades del sindicalismo. Quizá sea la hora de cambiar de eje y dirigir la crítica a las autoridades que han permitido instalarse en el sector la catástrofe de que ellos mismos nos dan cuenta, sin apuntar siquiera el principio de una solución.

Respecto de lo que comemos:

Es una desgracia nacional que debe ser enfrentada como un problema nacional, no como un asunto del sector salud y sus autoridades. La antidieta mexicana solo puede empezar a corregirse con una cruzada nacional asumida en común por los medios, las autoridades y la industria alimentaria.

Solo pueden cambiar nuestros hábitos alimenticios los medios de comunicación masiva, en particular la televisión y la radio.

En los últimos meses hemos dedicado 42 millones de spots a difundir ocurrencias de los partidos en campaña. Dediquemos ese mismo tiempo, esa misma cantidad de spots, a informar y advertir a la gente que lo que come la está matando lenta, prematura e inexorablemente.

Respecto de la desconfianza ciudadana:

No podemos esperar que la ciudadanía retratada en el Informe del IFE y el Colegio de México restaure por sí misma la confianza pública. Necesitamos gobiernos que den resultados, que recobren a fuerza de logros la confianza que sus ciudadanos han perdido. No es algo que puede esperarse que crezca de abajo hacia arriba, tendrá que venir de arriba hacia abajo.

Un camino a explorar es el de candidaturas independientes que canalicen la indignación ciudadana y capturen su confianza. Solo un desafío de este tamaño puede obligar a gobiernos y partidos a corregirse y a restablecer los puentes rotos con la sociedad que gobiernan.

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