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A los 86 años de su fundación, el partido Acción Nacional ha decidido renacer de sus cenizas, aunque, en mi modesta opinión, ya ni cenizas quedaban, apenas un puñito de polvo azul que se escurre entre los dedos mientras alguien trata de recordar cuántas veces se han refundado desde que perdieron la presidencia.

Esta vez, aseguran, va en serio. Nada de medias tintas. El PAN promete volver a conectarse con la ciudadanía, aceptar candidaturas ciudadanas, mejorar su competitividad y hasta hizo un cambio de logotipo. Al parecer según el marketing político los problemas de identidad ideológica y moral se resuelven con rediseñar el logo. Hay quien piensa que con eso basta para recuperar la confianza perdida.

La nueva imagen, nos dicen, simboliza un “partido más abierto, moderno y cercano a la gente”. Pero el verdadero parteaguas, la señal de que el PAN ha tocado fondo y está dispuesto a cambiar, es que ya no quiere saber nada del PRI. Sí, el mismo PRI con el que se juraron amor eterno hace apenas tres años. El divorcio fue anunciado con declaraciones sobre los “principios” y “valores panistas como el bien común” que, al parecer, estuvieron guardados en una bodega desde que comenzó el siglo XXI.

El PAN de hoy dice que ha aprendido la lección: que se alejó de la sociedad, que perdió el rumbo, que el poder les provocó confusión. Y en un gesto de humildad republicana, ha decidido abrir sus puertas a las “candidaturas ciudadanas”. Es decir, a todo aquel que no sea del PAN, pero que tenga buena imagen entre la población. “Sigue portándote bien y algún día serás uno de nuestros candidatos”.

Para darle un aire internacional al evento, el expresidente español José María Aznar, envió un mensaje en video, confirmando que el nuevo PAN se ubica con toda claridad en la derecha, tan a la derecha que ya casi se sale del mapa político. La bendición digital del exmandatario español fue interpretada por los panistas como el espaldarazo final: si Aznar nos saluda, es que seguimos siendo respetables. Aunque el mensaje, para muchos, sonó más a “ánimo, muchachos, ya casi vuelven a ser relevantes”.

Pero en la realidad mexicana, el PAN sigue cargando con su propio calvario: el Cártel Inmobiliario. Ese incómodo apodo que suena a serie de Netflix, pero que en realidad describe la red de corrupción inmobiliaria en la que se han visto envueltos varios de sus cuadros en la capital; y en el Bajío, surgió el Cártel del Agua, formado por seis figuras de Acción Nacional, los exgobernadores Miguel Márquez, Luis Armando Reynoso, Francisco Ramírez e Ignacio Loyola, el expresidente del partido Marko Cortés y el expresidente de la República Vicente Fox, quienes han concentrado 20 concesiones de agua potable que suman más de 3 millones de metros cúbicos, suficientes para abastecer a 330 personas durante 274 años, según información del periódico Milenio y de la página virtual El Soberano.

El relanzamiento, pues, ha sido más de palabra que de obra. Muchos de sus militantes —los de toda la vida—, miran con resignación esta metamorfosis discursiva. Porque, en el fondo, saben que detrás del nuevo logo, de los discursos sobre “escuchar a la gente” y del entusiasmo por las candidaturas ciudadanas, lo que hay es miedo. Miedo a seguir siendo irrelevantes, miedo a no volver a ganar, miedo a descubrir que ya nadie los extraña.

Al final del día, el PAN asegura que está “renaciendo”. Pero si esta es su resurrección, más que un Ave Fénix parece un pan dulce recalentado: seco, sin azúcar y con más nostalgia que sabor. Lo intentan, claro —con nuevo logo, discursos inspiradores y bendiciones internacionales—, pero siguen pareciendo una fotocopia borrosa de lo que alguna vez fueron.

Dicen que quieren volver a la sociedad, aunque nadie ha confirmado si la sociedad está interesada en volver a ellos.