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Ha sido un verano frío para el gabinete mexiquense. En los pasillos de Palacio de Gobierno se respira tensión. La gobernadora Delfina Gómez ha cerrado su círculo.

Paulatinamente, el secretario de Gobierno Horacio Duarte –el hombre fuerte del delfinismo desde hace tres años– ha quedado al margen en las mesas de decisión, como si se tratara de un adversario, y no del estratega que tejió su campaña y su mano derecha

En su lugar, la figura que gana poder a pasos agigantados es José Cosmares, un operador forjado al amparo del priismo, hoy convertido en el verdadero “premier” del Edomex. Un aliado que conoció a la gobernadora en su etapa de alcadesa, ha sido adoptado como el nuevo cerebro operativo del gobierno. Y lo está ejerciendo sin contrapesos.

Cosmares es el artífice de las negociaciones políticas más delicadas, como la disputa por la rectoría de la UAEMex, el tema con los sindicatos de salud pública e inclusive hace unas semanas fue nombrado el encargado de coordinar el Segundo Informe de Gobierno. Una señal clara de que el poder ya cambió de manos dentro del gabinete.

La reconfiguración del poder también ha alcanzado a Óscar Flores, secretario de Finanzas y operador cercano a los hermanos López Beltrán, el hijo del expresidente. Flores ha sido abiertamente desplazado por Cosmares, quien disputa el control de los proyectos clave y hasta ha asumido tareas presupuestales que no le corresponden. Un golpe seco al equilibrio interno.

Ni que decir del Daniel Sibaja, el secretario Movilidad, responsable de las principales obras de infraestructura entregadas en los dos años del gobierno delfinista, pero silente desde que manifestó su oposición al incremento a las tarifas del transporte público concesionado. Ahora su papel ha sido reducido al de un testigo incómodo, cuando no al de un vocero forzado. Se le ve en eventos, en redes sociales, en comunicados… pero las verdaderas decisiones se toman en otra oficina, en otro teléfono. Y no es el suyo.

En medio de ese naufragio, sólo dos operadores han logrado mantener la confianza total de la gobernadora: Francisco Vázquez, su leal operador político y presidente de la junta de coordinación política del Congreso Estatal, y Juan Carlos Romero, su amigo personal de años, eficaz y reservado.

Son los únicos que sobreviven al purgatorio político mexiquense. Porque sí, Delfina ya no confía en nadie más. Se ha encerrado en su propio gabinete de guerra: un cuarteto compacto y cerrado: Por un lado, Cosmares y María Trinidad Franco (oficial mayor y auténtica gestora del aparato administrativo), Por el otro, Paco Vázquez y Juan Carlos Romero, su ancla personal y política.

Todo lo demás, es ruido. Y desconfianza.

El acuerdo del incremento por 3 pesos lleva el sello de Cosmares, quien ha operado la estrategia desde las sombras, rebasando por la izquierda a Horacio Duarte y a Daniel Sibaja. Lo más preocupante es que la gobernadora no ha dimensionado el tamaño del daño. Está mal informada. Encerrada. Aislada. Y sin contrapesos reales. En política, como en la vida, no hay errores pequeños. Y este puede ser el Waterloo de Delfina.