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2017 empezó con un motín por el alza de los precios de la gasolina y termina con la noticia de que la violencia rebasará las cotas de 2011, el año más violento hasta ahora de la guerra contra el crimen.

A muchos nos desarma la normalidad con que se asienta en los medios la anormalidad de estas noticias salvajes: sumas de cadáveres recogidos cada día, nuevos pleitos a muerte por territorios entre nuevas pandillas, ejecuciones brutales a la luz del día y autoridades que no dicen una palabra, que no intentan una explicación, que no formulan una hipótesis, que parecen no tener la más remota idea ni de por qué regresa esta violencia ni de cómo echarla para atrás.

El gigantesco fracaso de la política de seguridad que esta situación revela no parece preocupar a nadie, fuera de un grupo de especialistas, reporteros, académicos, que siguen tratando de hacer entendible lo que sucede, sistematizando la información disponible, cruzando estadísticas, descifrando notas de prensa y boletines de la fuerza pública.

La respuesta de gobiernos y legisladores a la increíble anormalidad que es la normalidad de nuestra violencia ha sido aprobar una
ley de seguridad interior que, en el mejor de los casos, no hace sino legalizar el statu quo, ese que no cesa de moverse hacia peores cifras y que consiste en seguir echando a las fuerzas armadas sobre las llamas y las balas de un fenómeno cuyas entrañas, a estas alturas de la pelea, nadie parece conocer ni puede explicar al público.

No hay nada tan sintomático de la normalización de la anormalidad como la rutina informativa que da cuenta, con cara de palo, del torrente de ejecutados, decapitados, secuestrados, desaparecidos.

Nadie pregunta por qué. Nadie exige a la autoridad que enumera los hechos una explicación, alguna hipótesis, la descripción de un pleito criminal en curso: algo que dé a los hechos un asomo siquiera de explicación, un entorno que lo haga entendible, que explique lo que puede estar pasando en el seno de esas comunidades que se mata como si respiraran.

Nuestros medios explican mejor los incendios, los huracanes y los frentes fríos, que la salvaje muerte cotidiana de seres humanos asesinados, secuestrados, desaparecidos, decapitados.

Es la normalidad de nuestra anormalidad.

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